lunes, 15 de diciembre de 2008

Egolis

Egolis se alzó sobre su asiento y dirigió una mirada a su alrededor. Las antes vacías paredes se hallaban ahora cubiertas de diferentes ordenadores que le habían librado de la mayor parte de su trabajo. Su escritorio, en otro tiempo saturado de papeles y documentos, sólo albergaba una pantalla, un minúsculo teclado con 13 botones, cada uno con su propia función, y una pequeña lámpara fucsia que irradiaba luces y sombras por toda la sala.
El despacho, de grandes dimensiones, presentaba una vista despejada que no acababa de convencer a Egolis. Prefería, pensó, las antiguas montañas caóticas dispersadas por el suelo de la habitación; el aspecto actual le confería un cariz frívolo que le producía una sensación extraña que, desde hacía unos pocos meses, comenzaba a resultarle algo molesta.
Lo alarmante es que, hacía unos días, había empezado a afectar a su comportamiento. Pasaba menos tiempo en el despacho, hablaba más con otros demonios... Esa misma mañana se había sorprendido ofreciendo su ayuda a Avaris cuando organizaba su despacho y él había respondido cerrándole la puerta. Fue en ese momento cuando Egolis comprendió su error.
Sin embargo, de vuelta en su despacho, la sensación persistía y le incitaba a salir, a explorar nuevas experiencias.
Egolis resopló con hastío y saltó de su asiento. Caminó lentamente hacia la puerta, murmurando palabras inaudibles entre dientes. Alzó el brazo hacia el pomo, mientras recordaba que el despacho seguía sin ser adaptado a sus medidas.
El pasillo estaba vacío, pero escuchó voces debilitadas por la distancia. Poco después, el eco de un escandaloso aplauso le ayudó a encontrar al gentío.
“Ah, sí”, pensó; “la reunión de demonios”. Había recibido, como todos, el panfleto que anunciaba la asamblea, pero no le había prestado mucha atención. Las multitudes nunca le habían interesado. Sin embargo, abrió la puerta y se confundió entre la muchedumbre; incluso se atrevió a dar alguna pequeña palmada simulando un aplauso, pero nadie pareció reparar en su presencia. Egolis hinchó el pecho y giró la cabeza de un lado a otro; después, se enderezó sobre la silla y buscó, entre los hombros de los demonios que le ocultaban la vista, el objeto de su atención.
Por fin, reconoció a Temptatius al fondo de la sala, sobre el estrado. Otro demonio, desconocido para Egolis, pero que evidentemente ostentaba un rango superior entre los presentes, le colocaba una placa sobre el pecho. El auditorio estalló de nuevo en aplausos; Egolis se agarró con fuerza a los posabrazos para no rebotar sobre su asiento. Empezaba a sentirse algo incómodo; irritado.
Cuando el aplauso terminó, los demonios se levantaron y saludaron a sus vecinos.
Egolis observó la mano huesuda que le tendía aquel sombrío demonio. Su piel, en lugar de las diferentes tonalidades de rojo que solían exhibir los demonios, era atezada, un poco sucia y apagada. Con ciertas reservas, Egolis estrechó su mano.
- Hola -le dijo con voz ronca y siniestra -. Me llamo Umbralis -sus labios se entreabrieron en lo que parecía una sonrisa cavernosa-. Eres nuevo por aquí, ¿verdad? Llevo 6 siglos en el grupo y nunca te había visto.
- Pues sí -respondió Egolis mientras dudaba si limpiarse la mano-. Y lo cierto es que no creo que vuelva.
- ¿En serio? -los extremos de las cuencas de sus ojos se giraron hacia abajo-. Es una lástima -guardó silencio unos segundos; en el fondo de las cavidades se encendió una pequeña chispa de luz muy lejana-. ¿Estás seguro de que no te interesa? Las reuniones son más amenas de lo que aparentan; y, después, solemos mantener largas conversaciones sobre nuestros soberbios pasados. Aunque yo...-las cuevas de sus ojos se nublaron con una espesa bruma-. Yo ya no recuerdo a qué me dedicaba.
Las últimas palabras las había pronunciado en voz baja, casi en un susurro, y su voz, ya de por sí grave, había resonado en los oídos de Egolis como las notas de un contrabajo. Miró hacia la puerta y calculó el tiempo que tardaría en alcanzarla.
- Dime, ¿a qué te dedicas? -le preguntó Umbralis-. ¿Cómo te llamas?
Egolis detuvo sus pensamientos de huida y observó fijamente a su adversario.
- ¿Cómo? -preguntó asombrado-. ¿No sabes quién soy?
- ¿Cómo podría saberlo? -Umbralis frunció sus puntiagudos hombros-. Todavía no has mencionado tu nombre.
Egolis titubeó, buscando alguna incongruencia en su respuesta, pero no logró encontrar ninguna.
- Yo soy Egolis -se irguió en su escasa estatura y sumergió sus ojos en la profundidad de los de Umbralis. La luz que antes había descubierto en ellos se movió ligeramente; Egolis comprobó, bastante sorprendido, que parecía divertirse.
- Y bien, ¿a qué te dedicas? -inquirió con otra de sus tenebrosas sonrisas.
- ¡Qué insolencia! -bramó Egolis mientras sus mejillas se volvían cada vez más oscuras-. ¡Fingir que no sabe quién es Egolis!
- Perdona mi ignorancia, amigo -Umbralis palpó su hombro con pesar, pero Egolis la espantó de un manotazo.
- ¿Qué sucede, Umbralis? -preguntó un demonio cercano-. ¿Quién es tu combativo amigo?
- Soy Egolis -clamó-. Y vosotros, me parece, sois un montón de demonios ignorantes.
Después, Egolis recorrió con dignidad el camino hasta la puerta, con la vista al frente, mientras escuchaba con satisfacción algunos murmullos sobre su identidad. Se dirigió hacia su despacho con paso rápido, tropezando de vez en cuando con demonios que simulaban no verle.
La puerta estaba abierta. Se detuvo en el umbral y miró con precaución el interior del despacho. Un demonio dormitaba sobre el escritorio mientras su fornida secretaria disponía los archivos en los armarios y cajones, previamente vaciados.
- ¿Qué pasa aquí? ¿Qué hacéis con mi despacho? -les interrogó ansioso.
- Por favor, baje la voz -le respondió la secretaria sin detenerse en su tarea.
- Exijo que me deis una explicación -rogó Egolis con patente tormento.
La secretaria, al fin, interrumpió su trabajo y le miró por debajo de sus gafas estrelladas.
- ¿Quién es usted? -le preguntó examinándolo con la mirada.
- Soy Egolis y soy el dueño de este despacho -explicó con orgullo.
-¡Ah! -la secretaria pareció entender-. Lo siento, pero este despacho ahora pertenece al señor Ironis -y tras esas palabras, continuó su labor.
Egolis, confundido, contempló la placa de la puerta: sus antiguo letrero con su nombre en letras gigantescas había desaparecido; en su lugar habían colocado un modesto rótulo que rezaba “Ironis”.
Egolis se giró y caminó con paso lento a lo largo del pasillo. Un demonio ciego de ira tropezó con él sin disculparse; sólo al darse la vuelta lo reconoció como Temptatius y, aunque desconocía el motivo, eso le enfureció. Sin embargo, cuando después de varias horas lo vio salir de su antiguo despacho, decidió seguirlo.
Entró en el despacho de Temptatius tras él, que no pareció percibir su presencia. Lo observó mientras se apresuraba recogiendo datos del ordenador; después, guiñó los ojos y desapareció. Egolis dio un salto y desapareció también.
Aparecieron en una superficie circular. Temptatius invadía prácticamente la totalidad del círculo y Egolis se vio obligado a propinarle un ligero empujón, pero los pies de Temptatius, aunque parecían decididos a dar algún paso, se encontraban fuertemente arraigados. Egolis decidió encogerse tras él.
El círculo se movió de repente y Egolis espió entre sus piernas para conocer su destino.
Llegaron a un edificio blanco y esponjoso y una puerta se abrió ante ellos. Egolis entró tras Temptatius y no se molestó en mirar a su alrededor. No era la primera vez que se encontraba en esa zona.
Comprobó que Temptatius parecía interesado en un ángel que se hurgaba el cabello en una esquina y, tras concentrarse durante unos segundos, lo reconoció. Egolis se rió con gusto, aunque nadie se percató de ello. Aquel ángel había sido uno de sus mejores trabajos; le había costado introducir el Deseo en aquella cabecita ingenua, aunque sabía que eso no sería suficiente para que el ángel sucumbiera. Se necesitaba un demonio como Temptatius para que ese Deseo flotara entre los pensamientos más superficiales y el ángel, por fin, se abandonara a él.
Egolis confirmó sus ideas al observar que el ángel se había dado un tirón en el cabello, aunque el movimiento había resultado casi imperceptible.
Después, Temptatius parpadeó y desapareció de nuevo; Egolis dio un salto y lo persiguió hasta su despacho. Temptatius se sentó en su sillón con aspecto relajado y satisfecho mientras él deambulaba por el despacho, curioseando en los armarios y cajones sin que el otro demonio se diera cuenta.
Al cabo de media hora, otro demonio abrió la puerta y le entregó un comunicado a Temptatius. Egolis se situó a su lado y, de puntillas, leyó la noticia por encima de su hombro. Los ángeles se habían declarado en huelga, aquejados de exceso de trabajo.
Observó a Temptatius. En poco tiempo, ese nombre recorrería los infiernos y se convertiría en un demonio temido y admirado.
Sin embargo, Egolis vagaría como sombra de otros demonios, sin residencia, sin identidad; sin nadie que reconociera sus trabajos y recordando que su nombre, en otro tiempo el más venerado y glorioso, ahora era ignorado por todos.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Avaris

Había oído hablar de la reunión de demonios, pero Avaris no tenía tiempo para eso. El trabajo se acumulaba sobre su escritorio y, desde hacía unos meses, también sobre las estanterías y cajones abiertos; las últimas semanas había empezado a cubrir el suelo, por lo que Avaris fue sorteando los papeles apilados hasta llegar a su sillón. Dio un manotazo al montón de hojas que descansaba sobre él y se sentó.
Miró a su alrededor intentando decidir por qué impresos empezar, pero todos parecían igual de sugerentes. Por fin, cogió los que yacían desparramados a sus pies y los hojeó. Eran casos sin sustancia, unos de tantos; tecleó algo en el ordenador, abrió un cajón y aplastó su contenido para hacer sitio a los nuevos documentos. Cuando comprobó que su esfuerzo era en vano, se levantó y se dirigió a un armario. Las puertas, a medio cerrar, ocultaban cajas y dosieres llenos de más encargos.
Avaris se enfureció. Hacía mucho tiempo que había solicitado un nuevo despacho, con más espacio y muebles para archivar sus casos, que cada día eran más numerosos. Pero no sólo se lo habían negado, sino que le habían recomendado triturar los registros antiguos, o incinerarlos, o destruirlos de la forma más cómoda. ¡Destruir sus archivos! Avaris nunca había escuchado una necedad semejante.
Para mayor ultraje, el despacho al que él aspiraba le había sido concedido a Ironis, un demonio somnoliento que relegaba su trabajo en sus discípulos y en máquinas poco competentes; aún así, Avaris prefería no enfrentarse a Ironis, pues aunque parecía dormido la mayor parte del tiempo, solía ser bastante sagaz en sus respuestas, por lo que era mejor no desafiarle en público.
Avaris empujó los documentos dentro del armario, entre varias carpetas, y lo cerró rápidamente, pues había observado un movimiento inusual que prefería no comprobar.
De pronto, el armario abrió sus puertas y desparramó su contenido sobre el suelo, ya saturado, de forma implacable. Avaris, conteniendo un gemido y con los ojos desorbitados, contemplaba impotente su trabajo de décadas diseminado por el suelo.
- ¿Qué es ese estruendo? -preguntó Egolis abriendo la puerta.
- ¡Nada! ¡No es nada! ¡No te metas en mis asuntos! -gritó Avaris mientras se lanzaba sobre las hojas y las recogía acunándolas.
- ¿Estás seguro? -preguntó ansioso Egolis-. Puedo ayudarte si quieres. Mi despacho está siempre muy vacío y últimamente he empezado a pensar que no me vendría mal un poco de compañía... de vez en cuando.
-¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Haz lo que quieras, pero no toques mis papeles!
Avaris alejó los documentos de los pies de Egolis y luego cerró la puerta.
Al contemplar el escenario devastado en que se había convertido su despacho, los ojos se le nublaron y se enjugó el sudor que le empañaba la frente. Se sentó en el suelo, decidido a ordenar cuidadosamente todo aquel papeleo. Mientras clasificaba los impresos, las luces de su escritorio comenzaron a encenderse de forma intermitente; poco después, las sirenas hacían lo mismo.
Avaris intentó acompasar su respiración entrecortada, pero sólo logró agotarse y agrietarse la lengua reseca. Gateó hasta el escritorio, tanteó la superficie buscando un botón y más papeles saltaron y aterrizaron sobre los que ya reposaban en el suelo. Avaris se detuvo, retando con la mirada a los recientes documentos caídos.
- Hola, Avaris. ¿Llego en mal momento? -preguntó Libidus desde la puerta. Cuando Avaris se giró hacia él, le lanzó una mirada pícara.
- Puedes ver que sí -respondió Avaris irguiéndose. Libidus se rió enseñando su dentadura inmaculada, que resaltaba el bermellón impecable de su piel. Se apoyó con el antebrazo en el marco de la puerta, mientras su otra mano descansaba sobre su cadera.
- Yo podría ayudarte -le insinuó guiñando un ojo.
Avaris permaneció unos segundos en silencio, perplejo.
-¡Adónde vamos a parar! -chilló-. ¡Ya ni se respetan los demonios entre sí!
Avaris continuó profiriendo gritos, mientras circulaba de un lado a otro de su despacho tropezando y dando puntapiés a sus archivos.
Otros demonios se pararon en la puerta, atónitos ante el patente desequilibrio de Avaris. Decidieron llamar a un médico.
Al cabo de 13 minutos, el doctor se abrió paso entre el gentío, entró en el despacho y cerró la puerta tras de sí. Al poco, salió y los demás le detuvieron acosándole a preguntas. El médico rogó silencio con las manos y después aclaró:
- Necesita descanso. El señor Avaris tiene un cuadro de estrés provocado por exceso trabajo. Sin embargo...-el doctor miró a un lado y a otro-. Sin embargo, mi sugerencia de abandonar su trabajo, temporalmente por supuesto, y dejarlo en manos de otros menos ocupados, no fue muy bien recibida... Ha punto he estado de provocar una desgracia -gimoteó el médico buscando compasión-; señores, ha sido necesaria toda mi habilidad para reanimarlo de la impresión. Por tanto, les suplico que no molesten al señor Avaris. Aún le queda mucho por hacer para lograr ponerse al día.
- Doctor... -una voz le llamó desde el fondo-. Los ángeles se han declarado en huelga.
El médico miró con compasión la puerta de Avaris unos segundos.
- ¡Por todos los diablos! -chilló-. Ya no hay salvación.

viernes, 12 de diciembre de 2008

El encargo

Una secretaria fornida elevó sus ojos hacia él por encima de sus gafas estrelladas, increpándole con la mirada.
- Buenas tardes –murmuró Temptatius a regañadientes; luego se dirigió a la gran puerta caoba del fondo de la sala.
- Perdone –dijo la secretaria con voz aguda-. Perdone –repitió plantándose frente a él-. El señor Ironis está muy ocupado ahora mismo, ¿tiene usted cita previa?
- Tengo un asunto urgente que hablar con él -respondió Temptatius esquivando la pregunta.
- Si no tiene usted cita previa no puede pasar -aseguró ella; y apretando un botón situado sobre su escritorio hizo desaparecer el pomo de la puerta caoba.
- Muy bien...-Temptatius respiró profundamente un par de veces-. Me gustaría pedir una cita con el señor Ironis -mostró una sonrisa de encías sangrientas y dientes afilados y carcomidos.
- Rellene ese formulario y espere a que le llamemos -y le mostró una alta pila de papeles acomodados en una esquina.

Temptatius cogió el formulario con sus gruesas manos: 66 folios mecanografiados donde se solicitaban diversos datos, incluida una pequeña redacción sobre el motivo de la cita. Diligentemente, comenzó a rellenarlos con su pluma marfileña de tinta carmesí.
A las 6 horas y 6 minutos, Temptatius se levantó y se dirigió hacia el escritorio de la secretaria, con una nueva sonrisa más pacífica que la anterior.
- Terminé la solicitud -le explicó-, pero creo que ya no necesito la cita. Mi enfado se ha disipado con tanto papeleo.
- ¡Qué lástima! - exclamó la secretaria abriendo los ojos de forma excesiva-. Precisamente ahora existe un hueco en el ajetreado horario del señor Ironis.
Temptatius vaciló unos segundos, reprimiendo su ira renovada.
- ¿Puedo pasar entonces? -confirmó mientras se dirigía a la puerta caoba, que todavía carecía de pomo; sin embargo, pronto comprobó que resultaba innecesario, pues la puerta se abrió a su paso.
Halló a Ironis cabeceando sobre su escritorio, que abarcaba la mayor parte de la sala; una gran maquinaria cubría las paredes y parecía trabajar al máximo rendimiento, aunque el destino de sus productos parecía más lejano de lo que la máquina aparentaba alcanzar.
- Buenas tardes -saludó Temptatius.
Ironis se movió ligeramente al otro lado de la mesa y gruñó algunos sonidos a modo de bienvenida.
- ¿Qué haces tú por aquí? ¿No tienes ningún encargo? -le increpó.
- Supongo que sí... Tú deberías saberlo -Ironis no realizó ninguna señal de comprensión-. Tú me mandaste el encargo -le acusó con un dedo desafiante.
- Es posible... No pretenderás que recuerde todos mis trabajos -le recordó las máquinas que cubrían su despacho con un gesto vago de su mano izquierda-. Aún así, deberías comprobar ese aviso; ¿sabes? Los mensajes son reales, aunque a menudo el momento o el lugar de recibo resulten... incómodos.
- ¿Quieres decir que tengo trabajo? ¿En serio? -preguntó Temptatius entre sorprendido y halagado.
- Lo que me sorprende es que la curiosidad todavía no te haya dominado -musitó Ironis-. ¿Por qué no vuelves a tu despacho y compruebas esa llamada? Como ves, yo tengo mucho trabajo que hacer aquí -explicó con un bostezo.
Temptatius se dio la vuelta. A punto de abandonar el despacho, oyó unos ruidos extraños y giró la cabeza a tiempo para observar a Ironis lanzando juramentos contra la máquina, que al parecer había decidido tomarse un descanso.

Temptatius volvió a su despacho. La luz de la bombilla todavía llameaba con fuerza, iluminando de granate la habitación. Encendió la pantalla que cubría la pared derecha y apuntó los datos. Después, con un parpadeo de sus ojos sangrientos, desapareció.
Su figura resurgió en medio de una nada azul claro, aunque comprobó que bajo sus pies se había formado una circunferencia de una materia sin tacto, blanca y de aspecto esponjoso. Probó a dar un paso hacia delante, pero sus pies permanecían enganchados en aquella especie de algodón; sin embargo, la circunferencia pareció entender sus deseos y le llevó hacia un edificio de grandes dimensiones formado por la misma materia. Cuando estuvo a una distancia adecuada, una puerta apareció de la nada frente a él y Temptatius entró en la habitación, que se iluminó con el primer paso.
En una esquina encontró al individuo que buscaba: un ángel bajito y de mirada viva, que se entretenía en una esquina jugando con sus bucles dorados.
Temptatius cerró los ojos y se concentró. Profundizó entre aquella superficie de pensamientos fáciles, pacíficos y un tanto pueriles y, por fin, después de una larga búsqueda, encontró lo que buscaba. Temptatius abrió los ojos y en su rostro se encendió una sonrisa aviesa; poco después, estallaba en una perversa carcajada.
Temptatius soltó al Deseo de sus resistentes amarras y lo llevó a la superficie de pensamientos pacíficos. En ese momento, la mano del ángel pareció dudar entre los rizos y dio un pequeño tirón. Después siguió mesándose el cabello durante algunos minutos, pero a cada instante parecía más nervioso.
Por fin, se dio la vuelta y salió de la sala atravesando la pared. Temptatius pestañeó para volver a su despacho. Comprobó que la bombilla ya no lucía y se sentó en la butaca, respirando los momentos de tranquilidad y descanso que aún le sobraban. Sabía que pronto volvería a tener más encargos.

Media hora más tarde, leyó el comunicado de la prensa: los ángeles, después de incalculables años sometidos a un trabajo que calificaban como inabarcable, se habían declarado en huelga.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Ironis

¡Aleluya! fue la última palabra que escuchó Temptatius antes de salir cabizbajo por la puerta. Tuvo que soportar aún algunos apretones de manos desconocidas que pretendían aliviar su pesadumbre y reconfortarlo. Todavía ostentaba la placa de los 15 meses en su pecho desnudo.
Consiguió alcanzar la puerta de su despacho y la cerró lentamente tras de sí. Contempló con nostalgia la mesa de estilo gótico que presidía la sala y el sillón de orejas que se elevaba tras ella, todo envuelto en aquel vivo color escarlata. Sobre la mesa, una bombilla granate parecía dormir desde hacía mucho tiempo; el polvo se había acumulado sobre ella en algunas formas estrambóticas. Temptatius se acercó y le pasó la mano por encima para quitarle el polvo; luego se agachó y miró extrañado el interior de la bombilla, donde una pequeña luz parecía dudar antes de encenderse completamente. Temptatius dio un respingo, mientras una pequeña sonrisa iba cubriendo sus horrorosas facciones. Sin embargo, al volver a mirar hacia abajo, sus ojos tropezaron con la placa que cubría su pecho y leyó su inscripción con impotencia: “15 MESES SIN DEMONIZAR”.
Se dejó caer sobre el sillón y se cubrió el rostro con las manos. Miraba horrorizado la bombilla, que ahora lucía provocadora, entre las rendijas de sus dedos. “No puede ser, es imposible”, murmuró entre dientes; pero aquella luz desafiaba todas sus posibilidades. “Es injusto”, gimoteó; “es... es...”. De pronto, enfurecido, se levantó de su asiento, empujó la puerta del despacho y recorrió el largo pasillo hasta que encontró la puerta que buscaba. “Ironis”, rezaba el rótulo. “Sí, eso tiene que ser”, confirmó Temptatius. “El único demonio que todavía necesita secretaria para cumplir los plazos”.
Y Temptatius abrió la puerta para enfrentarse a él.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Los anónimos

- Hola, me llamo Temptatius y soy un demonio.

- Hola, Temptatius – le corearon todos los presentes. Los miró con desconfianza, sintiéndose por primera vez descubierto ante un auditorio extraño. El estómago se le revolvió, se le nubló la vista y una voz le sostuvo un segundo antes de tambalearse: “Cuéntanos por qué estás aquí”.

- Bueno… Yo…- carraspeó para dominar aquella sensación desconocida que le erizaba la espalda-. Realmente no sé por dónde empezar.

- Tranquilo. Todos hemos pasado por lo mismo. Tenemos todo el tiempo del mundo; puedes tomarte el que necesites para explicarnos tu historia.

Temptatius trató de hacer memoria y comenzó:

- Yo antes era un demonio feliz. Al menos eso recuerdo, hace ya tanto tiempo… Sólo con echar un vistazo a una persona descubría cuáles eran sus más recónditos deseos, aquellos que ni ellos mismos se hubieran reconocido, y se los susurraba al oído; sentía el temblor de sus labios, el batir de sus párpados, el rubor de sus mejillas...

>> Tuve grandes éxitos, ¿sabéis? Algunas de las más nombradas guerras llevan mi nombre. Recuerdo que una vez incité a un pobre chico a robarle la mujer a un rey; hubo una gran guerra por esa causa en la que murieron miles de personas… Es curioso que no me acuerde de sus nombres… En fin, eso ocurrió hace mucho tiempo… - miró a la concurrencia buscando su admiración, pero sólo encontró expectación en sus miradas. Se recompuso y probó un nuevo intento- Bueno, también he realizado aportaciones eficaces en los últimos tiempos. Recuerdo haberle susurrado a un presidente de gobierno algo sobre la falda de su secretaria –el público se animó un poco-. Sin embargo… - Temptatius cerró los ojos para que nadie se percatara de que estaban empañados, pero no pudo evitar que su voz se quebrara un poco-. Últimamente tengo la sensación de llegar tarde siempre. Mis esfuerzos son inútiles. Tengo la impresión de que ya no quedan deseos perversos en el interior de las personas… No sé si me explico –buscó algún signo de asentimiento entre el público, pero sólo halló perplejidad.

>> En fin… Quiero decir que…- buscó las palabras entre su espeso vocabulario- las personas ya no necesitan mi ayuda para cumplir sus deseos. Mire donde mire, sólo encuentro crueldad, violencia, intolerancia… Pero, sobretodo, indiferencia-. Temptatius inspiró profundamente-. Con eso ya no puedo trabajar.- Alzó los ojos con pesadumbre y, ahora sí, encontró compasión.

- Por eso yo digo: ¡abajo los demonios!

- ¡Sí! ¡Abajo los demonios! – gritó el resto.

Otro demonio se levantó entre el público y se acercó al estrado. Todos guardaron un silencio ceremonioso.

- Tenéis razón, compañeros. El trabajo de demonio está superpoblado y ahora mismo resulta improductivo. Por eso estamos aquí reunidos. Necesitamos un cambio.- se giró hacia Temptatius y continuó hablando-. Temptatius ha dado un gran paso. Hoy es su 15º mes sin ejercer de demonio. Por eso vamos a celebrarlo – como una ola, algunos gritos del fondo comenzaron a propagarse. Intentó apaciguarlos con enormes ademanes-. Pero primero vamos a entregarle a Temptatius la placa Pichurri… - Observó algunas miradas interrogantes y aclaró: “la de los 15 meses”.

Un estrenduoso aplauso hizo estallar el suelo. Temptatius, orgulloso, enseñó su insignia a los demás asistentes.

El flautista

Yo antes era el alcalde de esta ciudad. Y he de confesar, sin que ello parezca algún tipo de vanidad, que era una ciudad hermosa a su manera. Las calles, si no cubiertas de adoquines, al menos lo estaban de un gentío feliz al que tampoco parecía importarle los muros cuarteados ni las casas medio derruidas que atestaban esta localidad. Pero eso era antes de que todas las falacias que se han ido pregonando últimamente ahondaran en el espíritu de mis ciudadanos y me despojaran de mi cargo, arrojándome a la inmundicia y la miseria.

Todo empezó el día que aquel canijo llegó a mi pueblo. He tenido que escuchar durante los últimos meses embustes cada vez mayores sobre la fisonomía de ese personaje: unos recuerdan a un tipo alto y enjuto, otros añaden un aire taciturno; ¡incluso hay algún osado que lo ha calificado de atractivo! Nada más lejos de la realidad. Oídme bien: el hombre que aquel día llamó a mis puertas no era más que un enano, con una cara boba y amoratada que señalaba a todas luces la procedencia de su estupidez. Sostenía en sus manos un objeto que en otros tiempos debía haber sido una flauta, y se ofreció para librarme de una hipotética plaga de ratones que asolaba la ciudad. Lo despaché deprisa y sin muchos miramientos, tenía otros asuntos más importantes de los que ocuparme.

La siguiente noticia que tuve de aquel lunático fue unos días después, cuando me enteré de que lo habían arrestado por provocar disturbios. Según mis fuentes de información, el pobre hombre iba brincando por las calles mientras silbaba algunas notas discordantes, algunas veces con su vieja flauta, y de vez en cuando se agachaba para introducirla por las alcantarillas buscando, supongo, las ratas que estaban arrasando nuestra ciudad.

Fui a verlo a la celda. Lo encontré sentado y tembloroso en una esquina, con la mirada fija en la pared de enfrente; de pronto se levantó y saltó sobre la cama, profiriendo gritos aterrorizado. Decía haber visto ratones a través de unos agujeros en la pared. Me dio tanta lástima que di orden de que lo liberaran y que, de paso, le sirvieran un vaso bien cargado de alguna bebida fuerte.

Sin embargo, en cuanto se abrieron suficiente las puertas de la celda, aquel desgraciado salió corriendo, se escurrió entre los guardias de la entrada y comenzó a gritar por las calles, sacudiéndose monstruos invisibles de la ropa y del cabello. Los niños, que jugaban en el parque de enfrente, se acercaron al hombre extraño y gracioso, riéndose y mofándose; ante aquellas burlas pueriles, aunque no por ello desprovistas de crueldad, el hombre agarró su flauta, se la acercó a la boca y podría jurar que de ella salió el sonido más agudo y sobrecogedor que he escuchado jamás. Después, huyó desesperado hacia la salida del pueblo, cruzó el río y se adentró en el bosque, siempre seguido de aquel corrillo infantil que no parecía dispuesto a abandonar a un individuo tan entretenido.

Lo que ocurrió después, nadie lo sabe. Pero transcurrieron las horas y los niños no volvieron; ni aquel día, ni al siguiente. Todavía algunos tienen la esperanza de que, quizás, vuelvan alguna vez.

Al poco tiempo, rumores extraños llegaron hasta la alcaldía y comencé a encontrar rostros huraños. Tuve que buscar un aplomo del que carecía para hacer frente a los comentarios sobre mi avaricia, mi soberbia y mi falta de gratitud hacia aquel hombre que me había ofrecido sus servicios, pues era indudable la ausencia de ratones por las calles de la ciudad. Creo que fue en aquel momento cuando comencé a gritar y a jurar como una persona que ha perdido definitivamente el juicio.

Me relegaron de mi cargo y, con el tiempo, perdí mi casa. Aproveché mi nueva situación de viandante persistente para indagar los alrededores. Un día que caminaba por la orilla del río encontré junto a una roca una flauta bastante podre. La rescaté de la crueldad de las aguas y la guardé en un bolsillo de mi chaqueta. Desde entonces la llevo conmigo. A veces, cuando la miro, me pregunto qué fue de ese infeliz.

Y me sorprendo recordándolo al igual que otros como “el flautista”, cuando, si hay una cosa cierta, es que aquel canalla no había tenido en su vida ni una sola noción de solfeo.

Ejercicio Millás

Cuando llegué al despacho después de comer, encontré un sobre mi mesa. Lo abrí y volqué su contenido: “5:30 convergencia Islas Filipinas – Julio Casares” , decía una nota; encontré una cuartilla mecanografiada, supongo que con algunos datos del sujeto, y una foto adjunta para facilitar el proyecto. Se trataba de un hombre maduro, algunas mechas canas se entremezclaban con su cabello azabache dándole un aire distinguido. “Un hombre con clase”, pensé. No me gustaba aquel tipo.

Me presenté a la hora señalada; dejé el coche al otro lado de la calle en punto muerto, dispuesto a seguir a mi objetivo en cuanto lo tuviera a la vista. Había colgado su foto del espejo retrovisor, y comparaba aquel rostro con el de los hombres que abandonaban la consultoría donde trabajaba el individuo. La cuartilla con sus datos me acechaba desde el asiento del copiloto, pero me había negado a leer sus referencias para evitar los prejuicios; ni siquiera había mirado cuál era su nombre.

A las 6 en punto mi objetivo abandonó por fin la consultoría con aire jovial. Me sorprendieron su energía lozana y su autoridad; chasqueé la lengua con desagrado y comencé a seguir su coche a una distancia prudencial.

Lo seguí hasta el aparcamiento del aeropuerto; mi primera impresión fue que mi individuo se disponía a realizar un viaje de negocios, pero esa idea me abandonó cuando observé el beso apasionado que se intercambió con aquella fulana. Perdone la expresión, pero, sin entrar en detalles, es el único calificativo que se podría aplicar a aquella jovencita.

Se dirigieron muy zalameros al mostrador de Salidas Nacionales para tomar el avión de las 20.30 del trayecto Madrid – Alicante. Este pobre investigador tuvo que soportar una larga espera hasta que por fin consiguió embarcar en el último momento, pues el avión, en principio, estaba al completo.

Desde mi asiento, pude observar las continuas carantoñas que se prodigaban el uno al otro; parecían no haberse visto en largo tiempo, pero por las escasas palabras que pude atrapar de su conversación, realizaban aquellos viajes con bastante frecuencia. Me imaginé entonces que se trataba de un amor ilícito, pues tanto embeleso me extrañaría en una relación convencional.

Una vez en Alicante, los escolté hasta un lujoso hotel en la playa, demasiado ostentoso para mi gusto. Solicité una habitación a regañadientes, después de comprobar que mi objetivo se había encerrado en la habitación 334 con la muchacha y no parecían dispuestos a abandonarla por el momento.

Durante su estancia, que comprendió las noches del viernes, sábado y domingo, comprobé que los tórtolos sólo se ausentaban de su nido de amor para dar tranquilos paseos por la playa; no los calificaría de románticos, dado que mi sujeto era muy frecuente que liara un cigarrillo, supongo que de hachís por los efectos hilarantes que producían en él, y lo fumara solo. Su acompañante, pese a los continuos ruegos de mi sujeto, nunca aceptó ninguno. En esas ocasiones, ella solía responderle con una sonrisa artificial y de compromiso a la que él no solía prestar mucha atención.

La mañana del domingo, sorprendí a mi sujeto solo en la recepción del hotel, así que me senté con discreción en una esquina y me dediqué a observarlo a placer. Su rostro no revelaba emoción ninguna, parecía completamente relajado y absorto en la lectura, por lo que deduje que mi hombre había preferido no interrumpir el descanso de su compañera. La lectura del libro, sin embargo, debía resultar bastante soporífera, pues su cabeza sufría continuos desvanecimientos sobre las páginas. Aproveché esta debilidad para acercarme y estudiarlo más intensamente. Su rostro, durante la viligia, mantenía las arrugas en continua tensión, pero ahora aprovechaba su descanso para relajar todos sus pliegues y le confería una nueva imagen, menos sometida y más poderosa incluso.

La entrada de la chica interrumpió mi análisis, y observé con pesadumbre como se escapaba la pareja hacia algún destino que no quise investigar. Sin embargo, no llegaron muy lejos, pues todavía se encontraban en la puerta cuando comenzaron una acalorada discusión. No fue necesario que me levantara de mi asiento, y tampoco eché en falta los micrófonos direccionales y otros sofisticados medios que suelo utilizar en las investigaciones y de los que no pude dotarme debido a la premura con que esta investigación fue encargada: el volumen de la discusión era tan elevado que fue imposible para todos los presentes no escuchar al menos parte de su conversación.

Para mi satisfacción, el detonante de la discusión fue la chica; según sus propias palabras, no podía aguantar más aquella situación ni las continuas prórrogas de divorcio con las que él pretendía aliviarla; quería, dijo, poder proclamar a los cuatro vientos que él era su amante. Creo que a todos los presentes nos quedó bastante claro.

La disputa terminó cuando ella se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la habitación, dejando a su amante como cebo para las miradas de los presentes, algunas curiosas, otras acusatorias, y al menos una de admiración.

Mi sujeto, con gran dignidad y mi aprobación secreta, salió por la puerta del hotel; yo me levanté raudo y logré alcanzarlo a los pocos metros. Le pregunté si tenía fuego, aunque yo no fumo; cuando ambos nos dimos cuenta de la incongruencia de la situación, nos reímos y aproveché para pedirle un cigarrillo de los que le había visto liar. La sorpresa y la duda traspasaron su rostro unos segundos; después me acercó el cigarrillo a la boca y con un gesto impresionante lo encendió.

Pasamos la tarde juntos, fumando y riéndonos. A las pocas horas, él me abrió su corazón y me contó muchas cosas de su vida y su adulterio que no voy a poner sobre el papel; yo no me atreví a hacer lo mismo.

Al día siguiente, regresaron a Madrid en el vuelo de las 7,50. La chica lo acompañaba en silencio. Enrique me saludó al verme, alegrándose de la coincidencia. Es evidente que mi alegría fue mayor.

Se separaron al llegar al aeropuerto. Ella se dio la vuelta un par de veces, contemplando impotente la pérdida de su amante. Enrique caminó de frente, sin volver la vista atrás; supongo que, en esos momentos, ya la había olvidado.

Soy consciente de que mi investigación concluye aquí, que mi seguimiento ha finalizado. Sin embargo, somos amigos, le insto para vernos todos los días, lo persigo por las calles cuando no estamos juntos. Desde hace unos días ha empezado a esquivarme.

Pero lo siento, Enrique. No puedo desprenderme de ti.