Mi Odisea
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Ironis
Consiguió alcanzar la puerta de su despacho y la cerró lentamente tras de sí. Contempló con nostalgia la mesa de estilo gótico que presidía la sala y el sillón de orejas que se elevaba tras ella, todo envuelto en aquel vivo color escarlata. Sobre la mesa, una bombilla granate parecía dormir desde hacía mucho tiempo; el polvo se había acumulado sobre ella en algunas formas estrambóticas. Temptatius se acercó y le pasó la mano por encima para quitarle el polvo; luego se agachó y miró extrañado el interior de la bombilla, donde una pequeña luz parecía dudar antes de encenderse completamente. Temptatius dio un respingo, mientras una pequeña sonrisa iba cubriendo sus horrorosas facciones. Sin embargo, al volver a mirar hacia abajo, sus ojos tropezaron con la placa que cubría su pecho y leyó su inscripción con impotencia: “15 MESES SIN DEMONIZAR”.
Se dejó caer sobre el sillón y se cubrió el rostro con las manos. Miraba horrorizado la bombilla, que ahora lucía provocadora, entre las rendijas de sus dedos. “No puede ser, es imposible”, murmuró entre dientes; pero aquella luz desafiaba todas sus posibilidades. “Es injusto”, gimoteó; “es... es...”. De pronto, enfurecido, se levantó de su asiento, empujó la puerta del despacho y recorrió el largo pasillo hasta que encontró la puerta que buscaba. “Ironis”, rezaba el rótulo. “Sí, eso tiene que ser”, confirmó Temptatius. “El único demonio que todavía necesita secretaria para cumplir los plazos”.
Y Temptatius abrió la puerta para enfrentarse a él.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Los anónimos
- Hola, me llamo Temptatius y soy un demonio.
- Hola, Temptatius – le corearon todos los presentes. Los miró con desconfianza, sintiéndose por primera vez descubierto ante un auditorio extraño. El estómago se le revolvió, se le nubló la vista y una voz le sostuvo un segundo antes de tambalearse: “Cuéntanos por qué estás aquí”.
- Bueno… Yo…- carraspeó para dominar aquella sensación desconocida que le erizaba la espalda-. Realmente no sé por dónde empezar.
- Tranquilo. Todos hemos pasado por lo mismo. Tenemos todo el tiempo del mundo; puedes tomarte el que necesites para explicarnos tu historia.
Temptatius trató de hacer memoria y comenzó:
- Yo antes era un demonio feliz. Al menos eso recuerdo, hace ya tanto tiempo… Sólo con echar un vistazo a una persona descubría cuáles eran sus más recónditos deseos, aquellos que ni ellos mismos se hubieran reconocido, y se los susurraba al oído; sentía el temblor de sus labios, el batir de sus párpados, el rubor de sus mejillas...
>> Tuve grandes éxitos, ¿sabéis? Algunas de las más nombradas guerras llevan mi nombre. Recuerdo que una vez incité a un pobre chico a robarle la mujer a un rey; hubo una gran guerra por esa causa en la que murieron miles de personas… Es curioso que no me acuerde de sus nombres… En fin, eso ocurrió hace mucho tiempo… - miró a la concurrencia buscando su admiración, pero sólo encontró expectación en sus miradas. Se recompuso y probó un nuevo intento- Bueno, también he realizado aportaciones eficaces en los últimos tiempos. Recuerdo haberle susurrado a un presidente de gobierno algo sobre la falda de su secretaria –el público se animó un poco-. Sin embargo… - Temptatius cerró los ojos para que nadie se percatara de que estaban empañados, pero no pudo evitar que su voz se quebrara un poco-. Últimamente tengo la sensación de llegar tarde siempre. Mis esfuerzos son inútiles. Tengo la impresión de que ya no quedan deseos perversos en el interior de las personas… No sé si me explico –buscó algún signo de asentimiento entre el público, pero sólo halló perplejidad.
>> En fin… Quiero decir que…- buscó las palabras entre su espeso vocabulario- las personas ya no necesitan mi ayuda para cumplir sus deseos. Mire donde mire, sólo encuentro crueldad, violencia, intolerancia… Pero, sobretodo, indiferencia-. Temptatius inspiró profundamente-. Con eso ya no puedo trabajar.- Alzó los ojos con pesadumbre y, ahora sí, encontró compasión.
- Por eso yo digo: ¡abajo los demonios!
- ¡Sí! ¡Abajo los demonios! – gritó el resto.
Otro demonio se levantó entre el público y se acercó al estrado. Todos guardaron un silencio ceremonioso.
- Tenéis razón, compañeros. El trabajo de demonio está superpoblado y ahora mismo resulta improductivo. Por eso estamos aquí reunidos. Necesitamos un cambio.- se giró hacia Temptatius y continuó hablando-. Temptatius ha dado un gran paso. Hoy es su 15º mes sin ejercer de demonio. Por eso vamos a celebrarlo – como una ola, algunos gritos del fondo comenzaron a propagarse. Intentó apaciguarlos con enormes ademanes-. Pero primero vamos a entregarle a Temptatius la placa Pichurri… - Observó algunas miradas interrogantes y aclaró: “la de los 15 meses”.
Un estrenduoso aplauso hizo estallar el suelo. Temptatius, orgulloso, enseñó su insignia a los demás asistentes.
El flautista
Yo antes era el alcalde de esta ciudad. Y he de confesar, sin que ello parezca algún tipo de vanidad, que era una ciudad hermosa a su manera. Las calles, si no cubiertas de adoquines, al menos lo estaban de un gentío feliz al que tampoco parecía importarle los muros cuarteados ni las casas medio derruidas que atestaban esta localidad. Pero eso era antes de que todas las falacias que se han ido pregonando últimamente ahondaran en el espíritu de mis ciudadanos y me despojaran de mi cargo, arrojándome a la inmundicia y la miseria.
Todo empezó el día que aquel canijo llegó a mi pueblo. He tenido que escuchar durante los últimos meses embustes cada vez mayores sobre la fisonomía de ese personaje: unos recuerdan a un tipo alto y enjuto, otros añaden un aire taciturno; ¡incluso hay algún osado que lo ha calificado de atractivo! Nada más lejos de la realidad. Oídme bien: el hombre que aquel día llamó a mis puertas no era más que un enano, con una cara boba y amoratada que señalaba a todas luces la procedencia de su estupidez. Sostenía en sus manos un objeto que en otros tiempos debía haber sido una flauta, y se ofreció para librarme de una hipotética plaga de ratones que asolaba la ciudad. Lo despaché deprisa y sin muchos miramientos, tenía otros asuntos más importantes de los que ocuparme.
La siguiente noticia que tuve de aquel lunático fue unos días después, cuando me enteré de que lo habían arrestado por provocar disturbios. Según mis fuentes de información, el pobre hombre iba brincando por las calles mientras silbaba algunas notas discordantes, algunas veces con su vieja flauta, y de vez en cuando se agachaba para introducirla por las alcantarillas buscando, supongo, las ratas que estaban arrasando nuestra ciudad.
Fui a verlo a la celda. Lo encontré sentado y tembloroso en una esquina, con la mirada fija en la pared de enfrente; de pronto se levantó y saltó sobre la cama, profiriendo gritos aterrorizado. Decía haber visto ratones a través de unos agujeros en la pared. Me dio tanta lástima que di orden de que lo liberaran y que, de paso, le sirvieran un vaso bien cargado de alguna bebida fuerte.
Sin embargo, en cuanto se abrieron suficiente las puertas de la celda, aquel desgraciado salió corriendo, se escurrió entre los guardias de la entrada y comenzó a gritar por las calles, sacudiéndose monstruos invisibles de la ropa y del cabello. Los niños, que jugaban en el parque de enfrente, se acercaron al hombre extraño y gracioso, riéndose y mofándose; ante aquellas burlas pueriles, aunque no por ello desprovistas de crueldad, el hombre agarró su flauta, se la acercó a la boca y podría jurar que de ella salió el sonido más agudo y sobrecogedor que he escuchado jamás. Después, huyó desesperado hacia la salida del pueblo, cruzó el río y se adentró en el bosque, siempre seguido de aquel corrillo infantil que no parecía dispuesto a abandonar a un individuo tan entretenido.
Lo que ocurrió después, nadie lo sabe. Pero transcurrieron las horas y los niños no volvieron; ni aquel día, ni al siguiente. Todavía algunos tienen la esperanza de que, quizás, vuelvan alguna vez.
Al poco tiempo, rumores extraños llegaron hasta la alcaldía y comencé a encontrar rostros huraños. Tuve que buscar un aplomo del que carecía para hacer frente a los comentarios sobre mi avaricia, mi soberbia y mi falta de gratitud hacia aquel hombre que me había ofrecido sus servicios, pues era indudable la ausencia de ratones por las calles de la ciudad. Creo que fue en aquel momento cuando comencé a gritar y a jurar como una persona que ha perdido definitivamente el juicio.
Me relegaron de mi cargo y, con el tiempo, perdí mi casa. Aproveché mi nueva situación de viandante persistente para indagar los alrededores. Un día que caminaba por la orilla del río encontré junto a una roca una flauta bastante podre. La rescaté de la crueldad de las aguas y la guardé en un bolsillo de mi chaqueta. Desde entonces la llevo conmigo. A veces, cuando la miro, me pregunto qué fue de ese infeliz.
Y me sorprendo recordándolo al igual que otros como “el flautista”, cuando, si hay una cosa cierta, es que aquel canalla no había tenido en su vida ni una sola noción de solfeo.
Ejercicio Millás
Cuando llegué al despacho después de comer, encontré un sobre mi mesa. Lo abrí y volqué su contenido: “5:30 convergencia Islas Filipinas – Julio Casares” , decía una nota; encontré una cuartilla mecanografiada, supongo que con algunos datos del sujeto, y una foto adjunta para facilitar el proyecto. Se trataba de un hombre maduro, algunas mechas canas se entremezclaban con su cabello azabache dándole un aire distinguido. “Un hombre con clase”, pensé. No me gustaba aquel tipo.
Me presenté a la hora señalada; dejé el coche al otro lado de la calle en punto muerto, dispuesto a seguir a mi objetivo en cuanto lo tuviera a la vista. Había colgado su foto del espejo retrovisor, y comparaba aquel rostro con el de los hombres que abandonaban la consultoría donde trabajaba el individuo. La cuartilla con sus datos me acechaba desde el asiento del copiloto, pero me había negado a leer sus referencias para evitar los prejuicios; ni siquiera había mirado cuál era su nombre.
A las 6 en punto mi objetivo abandonó por fin la consultoría con aire jovial. Me sorprendieron su energía lozana y su autoridad; chasqueé la lengua con desagrado y comencé a seguir su coche a una distancia prudencial.
Lo seguí hasta el aparcamiento del aeropuerto; mi primera impresión fue que mi individuo se disponía a realizar un viaje de negocios, pero esa idea me abandonó cuando observé el beso apasionado que se intercambió con aquella fulana. Perdone la expresión, pero, sin entrar en detalles, es el único calificativo que se podría aplicar a aquella jovencita.
Se dirigieron muy zalameros al mostrador de Salidas Nacionales para tomar el avión de las 20.30 del trayecto Madrid – Alicante. Este pobre investigador tuvo que soportar una larga espera hasta que por fin consiguió embarcar en el último momento, pues el avión, en principio, estaba al completo.
Desde mi asiento, pude observar las continuas carantoñas que se prodigaban el uno al otro; parecían no haberse visto en largo tiempo, pero por las escasas palabras que pude atrapar de su conversación, realizaban aquellos viajes con bastante frecuencia. Me imaginé entonces que se trataba de un amor ilícito, pues tanto embeleso me extrañaría en una relación convencional.
Una vez en Alicante, los escolté hasta un lujoso hotel en la playa, demasiado ostentoso para mi gusto. Solicité una habitación a regañadientes, después de comprobar que mi objetivo se había encerrado en la habitación 334 con la muchacha y no parecían dispuestos a abandonarla por el momento.
Durante su estancia, que comprendió las noches del viernes, sábado y domingo, comprobé que los tórtolos sólo se ausentaban de su nido de amor para dar tranquilos paseos por la playa; no los calificaría de románticos, dado que mi sujeto era muy frecuente que liara un cigarrillo, supongo que de hachís por los efectos hilarantes que producían en él, y lo fumara solo. Su acompañante, pese a los continuos ruegos de mi sujeto, nunca aceptó ninguno. En esas ocasiones, ella solía responderle con una sonrisa artificial y de compromiso a la que él no solía prestar mucha atención.
La mañana del domingo, sorprendí a mi sujeto solo en la recepción del hotel, así que me senté con discreción en una esquina y me dediqué a observarlo a placer. Su rostro no revelaba emoción ninguna, parecía completamente relajado y absorto en la lectura, por lo que deduje que mi hombre había preferido no interrumpir el descanso de su compañera. La lectura del libro, sin embargo, debía resultar bastante soporífera, pues su cabeza sufría continuos desvanecimientos sobre las páginas. Aproveché esta debilidad para acercarme y estudiarlo más intensamente. Su rostro, durante la viligia, mantenía las arrugas en continua tensión, pero ahora aprovechaba su descanso para relajar todos sus pliegues y le confería una nueva imagen, menos sometida y más poderosa incluso.
La entrada de la chica interrumpió mi análisis, y observé con pesadumbre como se escapaba la pareja hacia algún destino que no quise investigar. Sin embargo, no llegaron muy lejos, pues todavía se encontraban en la puerta cuando comenzaron una acalorada discusión. No fue necesario que me levantara de mi asiento, y tampoco eché en falta los micrófonos direccionales y otros sofisticados medios que suelo utilizar en las investigaciones y de los que no pude dotarme debido a la premura con que esta investigación fue encargada: el volumen de la discusión era tan elevado que fue imposible para todos los presentes no escuchar al menos parte de su conversación.
Para mi satisfacción, el detonante de la discusión fue la chica; según sus propias palabras, no podía aguantar más aquella situación ni las continuas prórrogas de divorcio con las que él pretendía aliviarla; quería, dijo, poder proclamar a los cuatro vientos que él era su amante. Creo que a todos los presentes nos quedó bastante claro.
La disputa terminó cuando ella se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la habitación, dejando a su amante como cebo para las miradas de los presentes, algunas curiosas, otras acusatorias, y al menos una de admiración.
Mi sujeto, con gran dignidad y mi aprobación secreta, salió por la puerta del hotel; yo me levanté raudo y logré alcanzarlo a los pocos metros. Le pregunté si tenía fuego, aunque yo no fumo; cuando ambos nos dimos cuenta de la incongruencia de la situación, nos reímos y aproveché para pedirle un cigarrillo de los que le había visto liar. La sorpresa y la duda traspasaron su rostro unos segundos; después me acercó el cigarrillo a la boca y con un gesto impresionante lo encendió.
Pasamos la tarde juntos, fumando y riéndonos. A las pocas horas, él me abrió su corazón y me contó muchas cosas de su vida y su adulterio que no voy a poner sobre el papel; yo no me atreví a hacer lo mismo.
Al día siguiente, regresaron a Madrid en el vuelo de las 7,50. La chica lo acompañaba en silencio. Enrique me saludó al verme, alegrándose de la coincidencia. Es evidente que mi alegría fue mayor.
Se separaron al llegar al aeropuerto. Ella se dio la vuelta un par de veces, contemplando impotente la pérdida de su amante. Enrique caminó de frente, sin volver la vista atrás; supongo que, en esos momentos, ya la había olvidado.
Soy consciente de que mi investigación concluye aquí, que mi seguimiento ha finalizado. Sin embargo, somos amigos, le insto para vernos todos los días, lo persigo por las calles cuando no estamos juntos. Desde hace unos días ha empezado a esquivarme.
Pero lo siento, Enrique. No puedo desprenderme de ti.
martes, 22 de julio de 2008
La casa de campo
Nos encontrábamos en la sala de estar, sentados frente al calor del hogar en unos sillones colocados en ángulo oblicuo. La única luz de la estancia provenía del fuego de la chimenea y de unos candelabros empotrados en la pared que adornaban las esquinas del salón. El rostro de mi amigo estaba tiznado de sombras y una expresión mortecina le nublaba las facciones. El crepitar de las llamas era el único sonido audible en la casa.
- En verdad es un caso extraño – comentó mi amigo de pronto, aludiendo con un ademán de su mano hacia la reseña del periódico, extendido sobre la mesa situada a su izquierda. Una copa vacía, con algunos restos de vino en su fondo, se hallaba cerca del diario-. La simplicidad del caso es lo que lo hace tan extraño. ¿No lo cree usted así? La resolución del crimen es sencilla para cualquier mente despierta. Sin embargo, el criminal quedará impune de su delito por falta de pruebas.
Mi amigo me miró estupefacto ante aquella hipótesis, que sin duda había pasado por alto su estrecha inteligencia.
- ¡No! No puedo creer eso que insinúa. La policía siempre es muy minuciosa a la hora de recopilar pruebas contra una persona y considero que su trabajo es, casi siempre, eficaz. Pero supongo que estaba usted bromeando. No creo que ponga en tela de juicio la capacidad del Cuerpo - sonrió en respuesta a mi supuesta burla.
-¿Me está diciendo que circula por nuestras calles un asesino que ha evadido con éxito las leyes penales? - me preguntó incrédulo.
- Tan cierto como que usted y yo estamos sentados aquí ahora mismo – le aseguré con resolución.
- ¿Y usted lo conoce? ¿Cómo lo ha averiguado? Y aún en caso de que todo esto sea cierto, ¿por qué no ha revelado su identidad a la policía?
- Mi querido amigo, ¿cómo podría hacerlo? ¿Qué pruebas puedo aportar salvo mi absoluta certeza sobre su culpabilidad? No dispongo de nada tangible que pueda inculparlo. Sólo mi razonamiento me ha llevado a conocer la verdad, pero eso, para la policía, no contaría más que una simple intuición.
Nos quedamos en silencio. Yo contemplaba la lumbre, mientras mi amigo cavilaba sobre las posibilidades de la teoría que le acababa de exponer. Advertí la creciente tensión en su interior. Sus manos crispadas se cerraron con fuerza sobre los brazos del sillón.
- Pero, ¿cómo...? - con aquella simple palabra supe que abarcaba multitud de preguntas, cada una con su propia respuesta.
- ¿Cómo lo supe? Hubo muchos indicios que me llevaron a la única solución posible: una mirada, algunos objetos casuales encontrados a lo largo de mi pequeña investigación, mentiras deliberadas que escuché de sus propios labios... ¿Cómo logró realizar, con éxito, su crimen? Creo que ese punto ya quedó sobradamente aclarado: proporcionando un falso culpable. ¿Cómo lo llevó a cabo? Bien, ésa es una pregunta que exige un mayor detenimiento.
>> Para empezar, vamos a ubicar en un contexto apropiado al criminal. Esta persona, a quien llamaremos, para un mejor entendimiento, señor Verdugo (aunque éste, desde luego, no sea su verdadero nombre), ya desde pequeño mostró cierta tendencia a obsesiones, digamos... perversas; su afán de posesividad llegaba al extremo de destruir sus propiedades antes que cederlas a otras personas. Recuerdo, en cierta ocasión, una fiesta con motivo de su cumpleaños. Había muchos niños y muchos regalos, pero uno llamó su atención en particular: una caja de cartón, con tres agujeros perforados en la tapa, que se movía con un pequeño vaivén en la mesa del comedor. El pequeño Verdugo se dirigió hacia ella, levantó la cubierta y descubrió un pequeño animal en su interior. Era un roedor, creo que se llama hámster a esa variedad en especial. Lo cogió entre sus manos y se lo acercó al rostro, extasiado de felicidad. De pronto un amigo suyo se acercó y se lo arrebató de las manos. Fue asombroso el cambio producido en un sólo instante en el pequeño Verdugo; casi enloquecido, derribó de un empujón a su compañero, agarró al animal por la cola y, de un sólo movimiento, lo tiró por la ventana. El hámster, desde luego, no sobrevivió, pero el impacto que causó su propia acción sobre la mente del niño perduró durante mucho tiempo.
>> Pasaron muchos años y el pequeño Verdugo se convirtió en un adolescente. Pronto su inteligencia despierta destacó entre sus compañeros y consiguió una beca para estudiar en una de las mejores universidades del país. Lejos de su familia y del entorno en el que había crecido, se sintió por fin libre de la carga que había soportado sobre sus espaldas durante tanto tiempo. Dejó aflorar de nuevo sus ideas, sus obsesiones, convencido de que todo era fruto de su mente privilegiada.
>> Una noche se celebró una fiesta en la residencia de estudiantes donde se alojaba. Abandonando el pequeño santuario en el que había convertido su habitación, se dispuso a disfrutar una agradable velada tomando cerveza junto a algunos de sus compañeros. Cuando sintió por fin que el sueño le vencía, se dirigió a su habitación, descubriendo con sorpresa que había sido asaltada en su ausencia por un alumno de su misma escuela, el cual, probablemente, había confundido el dormitorio con el suyo dominado por un estado de gran embriaguez. El adolescente Verdugo lo tomó por el cuello de la camisa y lo arrastró hacia fuera y a lo largo de todo el pasillo y, por fin, lo arrojó escaleras abajo. Subyugado por el pánico, abandonó esa misma noche la residencia y volvió al hogar de sus padres, donde, a pesar de todas las tentativas por comprender su precipitada huida, no consiguieron adivinar nada.
>> Por fin llegamos al adulto Verdugo. Cree que el tiempo ha aliviado sus impulsos, aunque en ocasiones todavía resurge la antigua llama de sus delirios cuando su jefe, al que considera de una inteligencia mediocre, se burla de sus sueños tardíos de una segunda etapa de estudios. Tiene una novia, a la que ama con una ciega devoción, lo único que su alma puede abrigar. La chica le corresponde con un cariño apagado, perezoso, pero el corazón de Verdugo no aspira a más.
>> Posee también algunas amistades, entre ellas la del señor Cándido, un hombre que desprende un gran dinamismo, aficionado a colecciones extravagantes; el único capaz de hacerle olvidar los oscuros y recónditos lugares de su espíritu.
>> Sin embargo, el día que su amigo Cándido por fin conoce a su novia, un abismo infranqueable se abre de pronto entre ellos. Comprende cuál es el sombrío destino que les aguarda, aunque esta vez su respuesta no ha sido inmediata.
>> ¿Qué le pasa, amigo? ¿Le aburre mi discurso? No se alarme y aplace su sueño un poco más, que pronto llegaremos al final de esta historia.
>> Continuemos, entonces. El señor Verdugo prepara minuciosamente su plan de venganza. Sabe que tienen que morir los dos, pero le aterra no poder evitar esta vez el castigo por los actos cometidos. Por fin un día, al leer un periódico, una brillante idea asalta su mente enloquecida. ¿Por qué no hacer pasar a uno por el asesino del otro? Una vez planificados todos los detalles, escoge el día para llevarlo a cabo. Se supone a su amigo de viaje, pero él sabe que está descansando en el campo. Conoce bien sus movimientos cuando se halla en la finca, pues él mismo los ha estudiado en ocasiones anteriores en que ha sido invitado. Hay un bosque cerca de la casa y el señor Cándido es un amante de la Naturaleza, por lo que, por el día, se sumerge entre los árboles, paseando y descubriendo nuevos brotes, nuevos lugares.
>> Le dice a su novia que el señor Cándido los ha invitado a disfrutar el fin de semana en su casa de campo. Sabe que al llegar tendrá que actuar con rapidez, pues el paseo de Cándido puede terminar en cualquier momento.
>> Precavidamente, y con la excusa del frío invierno, ha resguardado sus manos en unos guantes de piel. Abre la puerta, llama a su amigo y finge sorprenderse ante su ausencia. Sugiere tomar un poco del vino que ha dejado abierto sobre la mesa. Sin que ella se dé cuenta, incorpora una somnífero insípido en su copa. Por fin, tras unos minutos llenos de agonía, ella se desploma sobre la mesa. La coge con cuidado y la traslada al dormitorio del señor Cándido, donde la amarra con fuerza a la cama utilizando sus mismas sábanas. No son unas correas excesivamente resistentes, pero serán suficientes para una mujer adormecida.
>> Luego espera pacientemente la llegada de su amigo, que se produce tan sólo un par de horas después. Finge una amarga aflicción, que atribuye a una disputa reciente con su novia, de la cual no quiere hablar por el momento. Propone disfrutar de una copa frente a las llamas de la chimenea y prepara otra dosis de somnífero, esta vez mortal. La deposita en la copa de su amigo y se sienta tranquilamente a esperar el acto final.
>> ¿Escuchas, amigo mío? Estamos a punto de terminar.
>> Cuando el señor Cándido cae rendido por el efecto del somnífero, lo traslada a la habitación donde duerme la mujer.
Por un momento, el techo pareció derrumbarse sobre nosotros. Un golpe seco, producido posiblemente por la caída de algún objeto, había interrumpido mis palabras.
- ¿Qué ha sido eso? - preguntó mi amigo sorprendido.
- Habrá sido el viento. No te preocupes por eso. Descansa mientras te cuento el desenlace de la historia.
- Creo que prefiero no saberlo – sentenció mi amigo con labios temblorosos -. No es una noche adecuada para hablar de ciertas cosas -. Su sonrisa se congeló y sus ojos se entrecerraron.
- Pero amigo mío, tienes que escuchar cómo termina todo.
>> Una vez en la habitación, el señor Verdugo deposita una pistola en la mano derecha del señor Cándido y la oprime fuertemente con su mano enguantada; aprieta el gatillo y dispara a la mujer que yace despierta en la cama e intenta zafarse, sin éxito ninguno, de sus ataduras. Como remate final, coloca un recorte sobre la mesita de noche, como posible explicación a tan cruel asesinato, mientras aguarda paciente observando cómo se consume la vida del señor Cándido por efecto de la droga.
Un lamento agonizante se extendió por la casa de un extremo a otro.
El eco de aquel gemido perseguía nuestros oídos.
El sueño se apoderaba cruelmente de mi amigo, que hacía inútiles esfuerzos por seguir desvelado.
- Pero... ¿por qué?
Su pregunta me irritó hasta extremos insospechados. Me alcé de un salto y me coloqué frente a él.
- ¿Por qué? - repetí-. ¿Es que mi relato no ha sido suficientemente explícito?
Exasperado, descubrí de pronto que mi amigo estaba vencido. Lo aupé sobre mis hombros y me dirigí a la habitación donde esperaba mi novia, ya despierta. Al volver sus ojos hacia mí, advertí su recelo.
Contemplé el reloj derribado que yacía en el suelo a un lado de la cama. Sus manecillas, inmóviles, no producían sonido alguno.
Tras realizarlo todo tal como había planeado, me senté en una silla y contemplé a mi amigo mientras escuchaba su cada vez más pesada respiración. En el exterior la oscuridad avanzaba y el silencio sólo era interrumpido por el rumor del aire, que inclinaba los árboles en un extraño guiño de asentimiento. Encendí una pequeña lámpara de queroseno que encontré sobre la mesita de noche e iluminé con ella su pálido rostro, hasta que me cercioré de que su aliento sólo era ya fruto de mi imaginación. Me levanté, cerré la válvula de la lámpara y la llama se extinguió.
Antes de abandonar la casa dejé, sobre la mesita de noche, un trozo de papel que había recortado de una carta en la que mi amigo comentaba su arrebato por una nueva pieza de colección:
“Si no es mía, no será de nadie".
sábado, 24 de mayo de 2008
Epílogo
“¿Cuándo vas a terminar ese maldito libro?”, preguntabas. Yo agachaba la cabeza mientras rezaba para que tu mirada no encontrara la respuesta en mi rostro; y esperaba paciente a que terminara la crisis para volver a refugiarme en mi obra. ¡Si lo hubiera sabido, Marta! ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Cómo podía saber que el término de mi novela sería también el tuyo? Aquí te la dejo, Marta, encima de tu sepultura. Que el azar decida su destino. Ya no quiero publicarla.
El libro en sus manos
“¿Son todos para mí?”, preguntó al ver las paredes totalmente cubiertas libros. “Todos los que puedas llevarte”, respondió alguien detrás de él. Un rápido vistazo a la estancia le descubrió unas cajas vacías en la esquina. Cogió una y la llenó raudo con los libros que encontró más a mano. Cuando estaba a punto de alcanzar la puerta, se le nubló la vista y su respiración se hizo entrecortada. Se despertó preso de una crisis neviosa, sosteniendo con fuerza un libro en sus manos.