sábado, 18 de abril de 2009

El sueño de un español

La vida es como se presenta. Deseaba tener una habitación limpia e individual, una cama muy blanca, un lavabo resplandeciente, una mesa con una lámpara de luz suave. Pero debía matar a alguien. Al menos ése había sido el trato.

Había quedado con el dueño el martes a las once y media en una cafetería cercana a la casa en venta. Llegué puntual y me senté en una mesa apartada con la mirada fija en la puerta. Pedí un café solo; tomé un trago largo y me quemé la lengua. Justo en ese momento, un hombre de aspecto extravagante atravesó la entrada. Miró a uno y otro lado a través de sus gafas ahumadas y con paso decidido se acercó a mi mesa.

- ¿Es usted el señor Gutiérrez? -me preguntó. Sin esperar mi respuesta se sentó y pidió una clara-. Está usted interesado en la casa -afirmó sin mirarme-. No le he engañado, el chalet es cómo se describe en el anuncio. Y el precio es inmejorable. Pero debe saber que existen una serie de condiciones -por fin, me miró a los ojos, o al menos eso me pareció; yo no pude distinguir nada tras los cristales oscuros.- Muchos han venido antes que usted y han fracasado. Espero que no me defraude -realizó una breve pausa mientras se bebía la cerveza de un trago-. Venga, le enseñaré la casa y hablaremos de las condiciones -Dejó un billete de 5 euros, se levantó y se dirigió rápidamente hacia la puerta, sin volver la vista atrás. Después de unos segundos de vacilación, decidí seguirle; tuve que apresurarme para darle alcance.

Atravesamos la entrada. Nos encontramos en un largo camino rodeado de manzanos; seguí al vendedor hasta el porche. Al abrir la puerta, la luz de la ventana me cegó unos instantes; parpadeé y giré la cabeza. No entraré en detalles sobre la descripción de la casa, sólo diré que era el sueño de cualquier español. Miré al dueño con la boca abierta, pero él no me prestó atención; estaba acostumbrado a aquella reacción en los candidatos.

- ¿Cuánto? -le pregunté.

- Por favor, señor Gutiérrez, no me haga preguntas estúpidas -contestó con un bostezo suspirado-. El precio es el estipulado en el anuncio. Pero ésa no es la cuestión.

Permaneció en silencio durante unos minutos que me parecieron insoportables.

- ¿Qué estaría dispuesto a hacer por esta casa?- me preguntó de pronto.

- Cualquier cosa -respondí sin vacilar.

Sonrió complacido.

- Ésa es la respuesta que esperaba -respondió-. Bien, hablemos de las condiciones -dijo señalándome un asiento. - Llegamos a un punto delicado, señor Gutiérrez. Todos los candidatos que he entrevistado han rechazado el chalet al exponerles las condiciones. Pero espero que usted sea diferente; tengo el presentimiento de que así es -comenzó-. Verá, señor Gutiérrez, este chalet lo construí yo mismo hace 20 años. Hace poco decidí ponerlo en venta, pero el nuevo inquilino debe amar esta casa tanto como yo. Ésa es la razón de las peculiares condiciones: necesito saber que la persona que la va a ocupar es capaz de hacer cualquier cosa por ella, ¿entiende? Cualquier cosa -esperó unos instantes para que pudiera captar todo el significado de sus palabras-. Es por eso que debe matar a alguien.

Estudiaba atentamente la expresión de mi rostro, intentando adivinar mis pensamientos. Pero, en aquel momento, yo no pensaba nada. Sólo sabía que necesitaba aquella casa.

- ¿A quién? -pregunté tras unos minutos.

- Eso lo dejo a su elección -contestó-. Pero necesito pruebas.

- Entiendo -asentí con la cabeza. Él sonrió y me tendió la mano. Luego nos levantamos y abandonamos el chalet.

Mientras me dirigía a mi casa, empecé a preguntarme a quién sacrificaría. Recordé uno por uno a todos mis conocidos, pero los deseché enseguida; les tenía demasiado cariño. Además, resultaba más fácil que me descubrieran si la víctima se encontraba entre mis conocidos. Después comencé a estudiar los rostros de las personas que se cruzaban en mi camino, pero ninguna logró hacerme sentir deseos de matarla.

Por fin llegué a mi casa. Vivía en el cuarto piso de un viejo edificio; un olor a humedad inundaba la entrada. Una pequeña bombilla invadía de penumbras el rellano, pero mi piso estaba prácticamente a oscuras, sólo iluminado por la luz de la luna que entraba por la ventana. Aún así, aquella habitación con cocina y baño parecía más grande de noche, cuando las sombras alargaban el suelo más allá de las paredes que lo limitaban.

Me encerré durante los siguientes días, no sabría decir cuántos fueron, preparando hasta los últimos detalles del plan que me había propuesto. Cuando por fin salí a la calle, ya había escogido a mi víctima y había decidido el momento.

Esperé hasta la noche delante de su casa. Le vi entrar y salir un par de veces, pero me escondí y estoy seguro de que no llegó a verme. Calculé que serían más de las doce de la noche cuando atravesé la entrada. El camino resultaba sobrecogedoramente romántico. Abrí la cerradura con una ganzúa, sin hacer ruido; había estado practicando muchas horas en los días anteriores y mi mano no temblaba cuando giré el pomo de la puerta.

Subí silenciosamente los escalones; ya en el primer piso, seguí los ronquidos de mi víctima hasta la habitación en la que dormía. Lo encontré boca arriba, con los brazos a los lados del cuerpo, sobre la cama. Tenía los ojos cerrados.

Me acerqué de puntillas hasta la cabecera. Entonces saqué el revólver del bolsillo, le quité el pestillo y coloqué suavemente la boca del cañón sobre su frente.

- Buenas noches -saludé.

El vendedor abrió los ojos; me sorprendió la ausencia de cualquier expresión de sorpresa o temor en su rostro.

- Buenas noches, señor Gutiérrez -me contestó-. Así que ésta es su elección.

No respondí. Él intentó sentarse, pero se lo impedí empujándole con fuerza con el revólver.

- No intente levantarse o disparo -le amenacé.

- Como usted quiera – contestó tranquilamente-. He de reconocer que nadie había intentado esto hasta ahora, tiene usted agallas -cerró un momento los ojos y sonrió con satisfacción-. Le felicito, señor Gutiérrez. La casa es suya.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Haikus (2)

Vuelan los silencios.
Dudas y callas:
Te quema dentro.
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Soledad al viento:
la multitud acampa
sobre la esperanza.
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Sonrisa perenne.
Tiemblan los párpados:
Nos entendemos
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Acertijos, enigmas.
Mentiras o ilusiones
que escapan al tiempo.
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La noche aguarda:
una luz brillante
da la esperanza.
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Invierno efímero.
Primaveras saladas.
Verano frío.
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Cayó el ídolo:
quemaron los bosques
de sus escritos.
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Falsa melodía:
despierta tus oídos
hacia el que mira.

El vendedor de ilusiones

Lucía se dio la vuelta en la cama, desperezándose lentamente. Su marido, de espaldas a ella, se miraba en el espejo terminando de hacerse el nudo de la corbata. Lo observó en silencio, estudiando el inmaculado traje azul marino que ella misma le había preparado el día anterior, la camisa clara, la corbata de rayas... Los ojos inexpresivos que la miraban con fijeza.
- Estás despierta -aventuró él.
- Mmmh...- respondió Lucía.
Terminó de anudarse la corbata y se giró hacia ella, se agachó con cuidado y le dio un beso cortés en la mejilla.
- Llevo ya la maleta... No creo que me dé tiempo a pasar por casa. ¿Estarás bien sin mí?
Lucía se incorporó y vio la maleta a los pies de la cama. Con voz aún soñolienta preguntó:
- ¿Adónde vas?
- ¿No te acuerdas? - le recriminó él-. Te lo dije ayer por la noche. Me voy a Nueva York una semana. Cosas de negocios -hizo una mueca de hastío con la boca.
- Ah sí -respondió ella evasiva; bajó la cabeza sonrojada y, mirando hacia otro lado, murmuró indecisa – Lo siento... No me acordaba.
Su marido le puso una mano sobre la cabeza durante unos segundos, como una caricia vaga. Después se levantó, agarró la maleta y, con una última mirada de despedida, se marchó sonriente.
Lucía dio vueltas sobre la cama, adormilada, durante un par de horas. Después se levantó y se arregló con esmero: Eligió un vestido verde esmeralda que hacía juego con sus ojos, se alisó el cabello y lo recogió en una coleta estudiadamente descuidada, se calzó unos zapatos de tacón fino y se miró en el espejo con agrado.
Por último, cogió su abrigo viejo y su bolso de imitación, pasó rauda ante el espejo y salió de casa.
Se dirigió a un centro comercial cercano. De camino al supermercado, se detenía ante los escaparates de las tiendas de moda, deleitándose con las infinitas variedades de vestidos, blusas, pantalones, abrigos... No miraba los precios. Tampoco se atrevió a entrar en ninguno de los establecimientos.
Permaneció diez minutos delante de una tienda de ropa de baño, pensando en la lista de la compra. De pronto observó que se le acercaba una mujer rubia por su lado derecho; giró disimuladamente la cabeza hacia la izquierda, esperando que la mujer ignorara su presencia.
- ¡Lucía! -exclamó la mujer con sorpresa.
- Hola, Vanesa -saludó resignada.
- ¡Cuánto tiempo! -dijo mientras daba dos besos al aire cerca de sus orejas -. ¿Qué tal estás? -preguntó con una amplia sonrisa; descubrió de pronto el escaparate cercano, lleno de bañadores, y le guiñó un ojo-. ¿Haciendo compras de última hora? ¡Qué suerte tienes, chica! ¡No sabes la envidia que me das! La última vez que mi marido preparó un viaje romántico... ¡No sé si conseguiría acordarme! -soltó una gran carcajada.
- En realidad yo no... -comenzó Lucía, desconcertada.
- ¿Y dónde vais esta vez? ¿Islas Fiji? ¿Punta Cana? ¿Hawaii? ¡Dentro de poco habréis recorrido el mundo entero! Y mientras tanto mi pobre Jonathan trabajando sin parar -le recriminó con dulzura-. Bueno, querida, tengo que marcharme. ¡No todas tenemos la suerte de que a nuestro marido le den una semana de vacaciones! Te dejo con tus compras. ¡Podríamos vernos la semana que viene y me cuentas! ¡Pasadlo bien! ¡Un beso!
Lucía contempló la espalda de la mujer hasta que desapareció tras la esquina. Deambuló durante media hora; de vez en cuando se detenía y fruncía el ceño, o miraba a uno y otro lado como buscando algo. De pronto descubrió un escaparate lleno de abrigos y entró desafiante en la tienda. No se entretuvo mirando y probando; buscó uno de piel de la talla correcta y lo llevó hasta la caja.
Su aspecto decidido se derrumbó al salir por la puerta. Temerosa y avergonzada, no se atrevía a devolver la prenda. Miró el reloj y caminó con paso rápido hasta el coche.

El edificio de oficinas se alzaba sobre una calle céntrica de la ciudad; su altura destacaba sobre el resto de edificios vecinos. Era una zona de aparcamiento difícil y Lucía decidió utilizar un parking público para ahorrar tiempo. Después, con el corazón en la boca, corrió hasta la entrada del edificio.
Se detuvo frente al ascensor, inspirando y espirando repetidas veces con el fin de conseguir aliento.
Subió hasta la décima planta; cuando se abrieron las puertas del ascensor, se encontró en un amplio espacio donde, lo que le parecieron cientos de personas, trabajaban a un ritmo frenético. Se adentró con pasos indecisos en el bullicio, tratando de orientarse y recordar el camino.
Al fin llegó hasta una puerta que ostentaba el nombre de su marido en grandes letras negras. Al traspasarla, una secretaria le dio la bienvenida con una sonrisa.
- Buenos días, señora Jiménez. No la esperábamos hoy. Veré si su marido está disponible.
- Gracias.
Esperó durante 5 largos minutos, hasta que llegó su marido con una sonrisa malhumorada. Le pasó el brazo por la espalda, acercándola hacia sí mientras le daba un beso en la mejilla.
- ¿Qué haces aquí? Estoy hasta arriba de trabajo. No tengo mucho tiempo.
Lucía se mordió los labios, rehuyendo la mirada inquisitiva de su marido. Una niebla espesa pareció inundar sus pensamientos; de pronto no sabía explicar el motivo de su visita. Su marido, impaciente, soltó un bufido resignado y se metió las manos en los bolsillos.
- Esta mañana he encontrado a Vanesa...-logró pronunciar Lucía.
- ¿Me has hecho salir de una reunión para decirme eso? -preguntó él tras unos segundos.
- No... En realidad, yo... No sé... Me dijo unas cosas muy extrañas -Lucía se se restregó la frente con la palma de la mano, tratando de disolver así la niebla.
- ¿Qué cosas extrañas?
- No sé... Habló sobre tu viaje... Pero ella creía que nos íbamos los dos, de vacaciones. Dijo que te habían dado una semana -Lucía miró avergonzada a su marido, esperando su respuesta. Tardó unos segundos en reaccionar; de pronto, estalló en una carcajada breve, y le preguntó con una sonrisa congelada:
- ¿No lo dirás en serio?
Lucía pestañeó con desconcierto.
- ¡De vacaciones! ¿Has oído, Bea? -le preguntó a su secretaria, que al escuchar su nombre alzó la cabeza sonriendo-. ¡De vacaciones! ¡Y ella se lo ha creído!
La secretaria rió educadamente.
- Cuéntale, Bea; venga, dile dónde me voy de vacaciones -pidió con tono burlón.
- ¿No se va usted a Estados Unidos? -aventuró Bea.
- A Nueva York, eso es. Voy a reunirme con unos clientes, ¿no es así? -interrumpió de nuevo a la secretaria, que había vuelto a su trabajo. Ella alzó la cabeza, sonrió distraídamente y se sumergió de nuevo en su tarea.
- ¿Alguna pregunta más? -le dirigió a su mujer una mirada socarrona. Ella inclinó sumisa la cabeza; oyó que él suspiraba con hastío-. Mira, no sé de dónde habrá sacado Vanesa esa idea, pero yo tengo un vuelo dentro de tres horas y todavía tengo que arreglar unos papeles -se dio la vuelta y exclamó:
- ¡Vacaciones! ¡Sí, supongo que a ese inepto de Jonathan le parecerán unas vacaciones! ¡Su cerebro obrero jamás entenderá este tipo de trabajo! ¡Por eso está anclado en esa basura mientras su envidiosa mujer te mete pájaros en la cabeza! -se volvió de nuevo hacia su mujer-. No deberías hablar con esa chusma, querida, no son buena compañía.- Le alzó el rostro empujándole la barbilla con el dedo índice-. ¿Me harás caso?
- Está bien- concedió Lucía.
- Buena chica.
Lucía titubeó unos segundos.
- ¿Pasa algo más? -preguntó él.
- No, sólo... Antes compré un abrigo -dijo Lucía cerrando los ojos.
- ¿Un abrigo? ¿Cuánto te costó?
Lucía le dijo el precio.
- ¿Cómo has podido gastarte tanto dinero en un abrigo? -le recriminó-. ¿Sabes lo que me cuesta ganarlo? ¿Te crees que somos ricos? -la miró amenazante-. Pues tendrás que devolverlo.
- ¿No podría quedármelo? ¿Sólo por esta vez? -suplicó Lucía-. Me da vergüenza salir con este abrigo a la calle. El otro día me encontré con una antigua amiga... Me miró de una manera... No me gustó.
- ¿Crees que a mí me gusta que vayas así? Pero no podemos permitírnoslo -le dijo con dulzura-. Supongo que tu amiga tuvo la suerte de casarse con un marido rico, pero yo no puedo pagarte esos caprichos.
- Está bien -aceptó finalmente Lucía-. Lo devolveré.
- Así me gusta -le dio un beso en la mejilla, menos breve que los acostumbrados-. Tengo que irme, ya he perdido bastante tiempo. Nos vemos la semana que viene.

Lucía llegó a casa exhausta. Comió frente al televisor y luego se tumbó en el sofá. Cuando empezaba a adormecerse, sonó el timbre de la entrada. A través de la mirilla vio a su amiga María y abrió la puerta.
- No me acordaba de que venías esta tarde -se disculpó desperezándose.
- Siento haberte despertado -le correspondió María-. ¡Estoy tan nerviosa por esta noche!
Lucía miró a su amiga con cierta envidia.
- Así que hoy te presenta a su familia, ¿eh?
- Sí -contestó ella mientras dejaba su abrigo en el ropero de la entrada-. ¿Seguro que no te importa dejármelo?
- Seguro -confirmó Lucía-. Ven y te lo enseño.
María la siguió ansiosa, entró tras ella en la habitación y se sentó en la cama cuidando de no arrugar el cobertor.
Lucía abrió el cajón de la cómoda, sacó un estuche y lo abrió ceremoniosa. En su interior se distinguía un collar de perlas negras engarzadas en oro. Lucía lo alzó orgullosa sosteniéndolo con cuidado en su mano derecha.
- Es precioso -sentenció María.
- Es el único regalo bueno que me ha hecho mi marido -dijo Lucía emocionada.
- Te quiere mucho -afirmó su amiga.
- Supongo...
Lucía contempló fascinada aquel collar entre sus manos, recordando el momento en que su marido se lo había regalado.
- Me lo dio antes de casarnos -contó Lucía-, en un viaje que hicimos a Italia. Fue uno de los momentos más felices de mi vida.
- Lo cuidaré bien, te lo prometo – aseguró María. Cogió el collar y dejó que rodara dentro de sus manos. Al darse la vuelta algunas perlas, descubrieron minúsculos puntos blancos en algunas de ellas.
Lucía lo recogió rápidamente, pero el silencio de su amiga le confirmó que el descubrimiento había sido compartido. Sintió que un calor inmenso le inundaba las mejillas y se dio la vuelta. Contempló detenidamente sus preciosas perlas, dándoles vueltas y examinando las muescas evidentes.
Oyó una voz acongojada a sus espaldas:
- Lo siento.
- Tú no tienes la culpa.
María se levantó sin hacer ruido y comprobó la expresión indescifrable del rostro de Lucía. Fue hasta la entrada, cogió su abrigo y volvió a la habitación. Lucía se encontraba frente a la cómoda, removiendo las perlas entre sus manos; unos segundos después, las dejó caer con gesto trágico sobre el cajón. Mientras lo cerraba con la mano derecha, su mirada descubrió la alianza matrimonial; lo giró con los dedos de su mano izquierda, arañándolo de vez en cuando. Poco a poco levantó la cabeza y dirigió una mirada ausente al espejo, rotando todavía el anillo entre sus dedos.
María se acercó a ella y le acarició el brazo, pero Lucía no se movió. Se maldijo en silencio por haberle pedido el collar de perlas.
- ¿Estás bien?
Lucía se volvió lentamente hacia su amiga. Sus ojos húmedos contrastaban con la contracción firme de sus labios.
- Sí – contestó con sorprendente decisión-. ¿Te importa si nos vemos otro día? Tengo que preparar unas maletas.

sábado, 7 de febrero de 2009

Haikus

Desierto de miedos
todo lo que hoy veo:
ceniza, escombros
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Viento de hojas
siempre noche de otoño.
Barren las horas
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Terraza de invierno:
nieve en mi zapato
barro en el sombrero
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A ritmo de blues
vienen y pasan.
Resaca de palabras
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La luna de octubre
se va sin dejar traza.
Destello de un reflejo en el agua.
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Melodía del silencio.
Sólo yo soy el mismo.
Las dudas callan.
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Huellas borradas.
El camino sin nadie
de almas descansa.
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Mañanas despejadas
tan pronto como esas nubes
cabalguen y se vayan.
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Días dormidos.
Hablando conmigo mismo
de todo y de nada.
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Ruido de niebla.
Me froto los ojos
y escucho.
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Tormenta oprimida.
Después de la lluvia
no queda nada.
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De mañana
cae la niebla.
Las tardes se aclaran.
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Esta madrugada
tarda en salir la luna.
Las estrellas me aguardan.

miércoles, 28 de enero de 2009

Continuación de "El faro" (E. A. Poe)

4 enero

La quietud acostumbrada de los últimos días se impuso durante toda la mañana. El sol inundó hasta los huecos más oscuros de la cámara e iluminó el mar de aguas cada vez más claras. Utilicé el telescopio para avistar peces y algas del fondo marino, algunos de ellos de especie desconocida -al menos para mí- que hubieran sido el deleite de muchos biólogos. Copié sus extrañas figuras en una hoja pero no niego que, debido a su rápido movimiento, no haya en estos dibujos más imaginación que realidad.
Transcurrieron unas cuantas horas antes de que abandonara esta nueva afición. El sol comenzaba a declinar y un viento frío se extendió desde el sudoeste. Decidí recoger mis bocetos y me oculté en el interior del torreón, desde donde seguí escuchando los silbidos intermitentes del aire que el eco, de modo irritante, se esforzaba en imitar dentro de estas paredes.
No volví a salir el resto del día. Para tranquilizar mi espíritu recorrí las escaleras arriba y abajo media docena de veces, las últimas de ellas casi corriendo, mientras numeraba en voz alta los escalones que rodean el interior del faro. Logré contar 268, si bien es posible que alguno escapara a mi numeración.
Neptuno corría a mi lado, no entiendo si por inquietud o sólo para reírse de mí. Ahora descansa apaciblemente sobre la cama.

5 enero
El viento sopla cada vez más fuerte. El mar empieza a agitarse y de vez en cuando una gran ola se arrastra hasta chocar contra el faro. Sin embargo, las nubes siguen sin aparecer y el sol reina en lo alto del cielo. Las luces de la cámara son cada vez más tenebrosas.

6 enero
He avistado unas nubes oscuras en el horizonte. Parecen dirigirse hacia aquí, aunque tal vez me equivoque y sigan un rumbo completamente diferente...
Al caer la tarde me retiré disgustado hacia el interior. Las corrientes parecían dispuestas a arrojarme por la barandilla. Incluso hubo un instante que... Pero no, eso es imposible. En los 6 días que llevo en el faro he tenido ocasión de comprobar, en repetidas ocasiones, la soledad de estos muros.
Aunque...

7 enero
Comprobé con aprensión que las nubes seguían acercándose. Forman un remolino extraño en la superficie del agua; a veces el mar se alza con tal furia que parece fusionarse con el cielo.
Me encerré, como en días anteriores, en esta enorme columna que cada vez me parece más pequeña.
¿Por qué escucharía mis súplicas De Grät? Por primera vez en mucho tiempo, deseé estar en la ciudad, incluso rodeado de esa «sociedad» que tanto he aborrecido... En realidad, no es que haya cambiado mi opinión respecto a ella, sólo extraño el escaso consuelo que alguna vez vislumbré en una situación desesperada...
¡Pero no! No estoy desesperado. Sólo a veces, cuando en la oscuridad de mi habitación el silbido del viento se convierte en un gemido, cuando el murmullo de las olas recuerda a voces lejanas... Entonces daría lo que fuera por un rostro afable.

8 enero
La tormenta aún no me ha alcanzado. Las nubes se han acercado un poco más, pero lo hacen lentamente; sin embargo, el viento sopla aún con más fuerza y a veces... ¡Qué extraño! Me parece percibir tenues jirones de niebla con forma de manos, largas y huesudas, e incluso una vez... ¡Creí ver un rostro!
Es obvio que tengo una gran imaginación. ¿Cómo, si no, podría explicarse que anoche creyera escuchar pasos entre el rumor de las olas? Sin duda se trataría del lamento de estos muros de hierro por el impetuoso oleaje. Y las voces, sin duda, no eran más que el sollozo del aire recorriendo la escalera de la torre. De modo que no tengo de qué preocuparme; ni siquiera si escucho, como esta madrugada, pronunciar mi nombre...

9 enero
Me desperté en mitad de la noche -supongo que sería alrededor de la 1, aunque no me acordé de comprobar la hora por lo extraño del caso- al oír una llamada. No podría negar que se trataba de una voz, aunque me fuera la vida en ello.
La seguí hasta lo alto del fanal y me incliné con precaución por la barandilla. No sabría decir qué pretendía, pero estuve al menos media hora observando el océano. Me sentía fascinado por aquel espectáculo que me brindaba la naturaleza. De vez en cuando una ola me bañaba e intentaba arrastrar, pero resistí abrazándome a la baranda.
Al llegar la mañana, ya no me atreví a salir. No sé si la tormenta por fin ha alcanzado el faro, pues dentro ya no se oye nada... Salvo las voces. Una me llama sin cesar hasta hacer que aborrezca mi nombre; otras me recriminan mi aislamiento voluntario, o se dedican a susurrarme ideas espantosas... Yo intento no escucharlas, ninguna de ellas consigue afectarme.
Pero, entre ellas, hay una risa... ¡Yo sé que conozco esa risa! ¡Lo sé! Hace tiempo me indujo a cometer errores de los que he intentando librarme; me alejé de ella y durante un tiempo no supe más. Luego volvió...
¿Cómo es posible que me haya seguido hasta aquí? Y en estos momentos, cuando el viento y la marea hacen imposibles cualquier intento de huida... ¿Cómo lograré escapar de nuevo?


De Grät cerró el diario y subió por el torreón. Después de 10 días por fin el mar se había sosegado y había logrado salvar la distancia hasta el faro. No había encontrado al vigilante, pero sí un ligero rastro húmedo en las escaleras hacia la puerta de la balconada.
Se inclinó por la barandilla y observó el mar en calma durante unos minutos. Después bajó de nuevo, dirigió una última mirada al faro y, subiéndose en la balandra junto a Neptuno, puso rumbo hacia tierra.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Libidus

Libidus entró en su despacho y se sentó frente al escritorio. Aunque no había ninguna luz encendida, pulsó el botón y escuchó la voz metálica: “No tiene ningún mensaje en el contestador”.
Libidus se encogió un poco sobre su sillón de piel. Últimamente eran pocas las llamadas que recibía, aunque durante un tiempo no fue así. Intentó recordar aquellos días, cuando una luz intermitente le saludaba por las mañanas y Libidus se sentaba en su sillón y escuchaba, con placer, los incontables mensajes que le habían enviado durante sus horas de ausencia.
Poco a poco, los otros demonios le habían abandonado. Los días antiguos de volar junto a Umbralis habían caído en el olvido; había probado a acompañar a Egolis, pero él sólo se veía a sí mismo. Su último compañero, Temptatius… Libidus cerró los ojos y sacudió la cabeza para ahuyentar los recuerdos. En realidad, Temptatius no le había abandonado, pero su trabajo se había vuelto escaso y había decidido unirse a un grupo de rebeldes.
Libidus se recompuso. Al fin y al cabo, sus circunstancias eran diferentes. Su trabajo nunca se agotaría, pero la idea de emprenderlo solo era inconcebible, necesitaba un nuevo compañero.
Libidus se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta, pero antes de alcanzarla se detuvo unos instantes para estudiar su aspecto en un espejo de pared. Se alisó el cabello, se colocó el nudo de la corbata y sonrió. “Estoy listo”, pensó, y moviendo las caderas salió de su despacho.
Caminó por el pasillo examinando las diferentes puertas. La mayor parte pertenecían a demonios de rango menor, y Libidus no se detenía en una segunda mirada. Una puerta algo lejana le llamó la atención. Libidus leyó el rótulo, asintió con la cabeza y la abrió.
- Hola, Avaris, ¿llego en mal momento? –le preguntó a un enorme demonio que se retorcía por el suelo. Libidus esperó a que se levantara para dirigirle una mirada anhelante.
- Puedes ver que sí –le respondió Avaris mientras se volvía de nuevo a su escritorio, ignorando su presencia. Libidus observó el despacho escandalizado: un montón de papeles se entremezclaban y amontonaban por distintos lugares, ocultando el suelo excepto en una esquina, donde se podían apreciar algunos dibujos de brillo carmesí sobre un fondo negro. En el escritorio apreció más pilas de papeles y muchas luces encendidas. Además, una alarma insistente apagaba las quejas del demonio, cuyo rostro congestionado parecía a punto de estallar.
- Si quieres puedo ayudarte –se ofreció Libidus; se apoyó en el marco de la puerta y le sonrió de la única forma que sabía y que, hasta el momento, siempre le había funcionado. Sin embargo, Avaris pareció malinterpretar sus intenciones y se dedicó a gritar y a lanzarle toda clase de improperios, a cada cual más humillante. Libidus huyó ofendido, con la cabeza erguida y los hombros caídos, cubriéndose con su capa bermellón que le protegía de las posibles miradas recriminatorias. Era inútil luchar contra los prejuicios que los demás se habían ido formando de él; se negaban a escuchar que las intenciones de sus Deseos eran concedidas por ellos mismos.
Al fondo del pasillo divisó una figura conocida y se acercó para confirmar sus sospechas. “¡Temptatius!”, exclamó con una sonrisa, pero el demonio no lo escuchó. Parecía malhumorado y se dirigía con paso enérgico hacia su despacho. Libidus decidió acompañarle.
Cuando entró en la oficina, Temptatius estaba anotando algo en un cuaderno. Después, reconoció su parpadeo y saltó sobre él justo a tiempo antes de desaparecer. Apareció abrazado a Temptatius, aunque su cuerpo y sus brazos eran tan ligeros que resultaban inadvertidos. Decidió permanecer todavía en silencio para no desconcentrar al demonio,pues se encontraban en un lugar bastante elevado y, aunque nunca lo hubiera reconocido en público, Libidus tenía miedo a las alturas.
Por fin llegaron a una especie de edificio blanco y Libidus, más relajado, desmontó de la espalda de Temptatius. Miró a su alrededor y descubrió, algo sorprendido, que Temptatius observaba a un ángel a través de él. Había olvidado retirarse la capa tras su huida, pero decidió no descubrirse todavía.
Se giró y examinó al ángel, que se entretenía despreocupadamente en una esquina. Percibió las intenciones de Temptatius y ahondó en la cabeza del ángel. “Así que ahí es donde fue a parar”, pensó con una sonrisa traviesa.
6 meses antes, mientras revisaba en su despacho los destinos de sus encargos, descubrió que un Deseo se había extraviado. Lo buscó durante semanas, pero aunque recorrió todos los lugares habitables no logró encontrarlo. Al fin, tras comprobar que todo seguía su curso normal, pensó que era mejor no preocuparse. De todas maneras, un Deseo sin más era algo inútil, requería otros poderes para tomar alguna forma.
Sonrió al descubrir la que habían otorgado al Deseo del ángel; aquello había tenido que ser trabajo de Egolis, de eso no cabía duda. Era una lástima que no estuviera presente para contemplar el resultado de su tarea.
Temptatius terminó su trabajo y pestañeó. Libidus saltó sobre su espalda, lo abrazó y ambos desaparecieron. Aterrizaron en el despacho de Temptatius y Libidus se apresuró a salir antes de apartarse la capa.
No tenía intención de volver a su despacho, al menos todavía. Caminó a lo largo del pasillo, pero una gran aglomeración frente a la puerta de Avaris le bloqueó el paso. Trató de hacerse espacio con pequeños empujones, pero los demonios, ante sus propósitos de avance, se giraban levemente hacia él y, cuando Libidus les regalaba alguna de sus codiciadas sonrisas, le devolvían el golpe; poco a poco, entre todos lo arrastraron hacia el exterior de la multitud.
Volvió sobre sus pasos y entró de nuevo en el despacho de Temptatius, que parecía acabar de recibir una buena noticia.
- Hola, Temptatius -le saludó con una sonrisa; pero Temptatius ignoró sus tentativas de entablar conversación: le saludó con un gruñido sin apartar la vista, más que unos instantes, de la pantalla del ordenador.
Libidus volvió hasta su despacho, arrastrando los pies. Cuando se encontraba prácticamente a la altura de la oficina de Avaris, hizo ademán de vestirse la capa, pero los demonios se habían dispersado.
Cuando entró en su oficina, espió de reojo su reflejo en uno de los espejos que inundaban la sala y enseguida comprendió. Se contempló durante unos minutos con mirada crítica, girando a menudo el cuello para observarse de espaldas. Su piel, antes de un bermellón reluciente, ahora estaba salpicada de pequeñas manchas rosadas; su rostro albergaba algunos pliegues alrededor de las comisuras y bajo los ojos, que le devolvían una mirada compasiva. Al menos, su cabello parecía conservar intactosu espléndido color...
Libidus se acercó más al espejo. Recogió entre sus dedos un pequeño mechón y fue liberando los cabellos poco a poco hasta retener uno solo. Lo arrancó y lo llevó a la luz. Después se arrastró hacia atrás, con aspecto asustado.
Se sentó sobre el suelo y reflexionó; decidió que era un buen momento para tomarse un descanso. Salió del despacho y cerró la puerta, pero no giró la llave. Al fin y al cabo tampoco es necesario, pensó; luego se guardó la llave en un bolsillo.
Advirtió movimientos inusuales entre los demonios. Parecían exaltados y, en muchos lugares, se podían observar pequeños grupos que discutían o escuchaban las noticias de algún mensajero. Libidus comenzó a acercarse con curiosidad a un grupo, pero sus pasos se hicieron cada vez más lentos y, al f inal, se detuvieron. Libidus descubrió horrorizado que, por primera vez, temía no ser bien recibido.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Umbralis

Umbralis se detuvo unos segundos en mitad del pasillo; rebuscó entre sus bolsillos laterales, en los delanteros, en los traseros y también en los interiores. Fue ahí donde encontró lo que buscaba: un papel bastante arrugado y de color antiguo, escrito con una tinta negra que ya había comenzado a perder su color.
Umbralis lo leyó y continuó su camino con resolución. Cuando llegó a su destino, encontró la puerta cerrada. Ya había comenzado la reunión. Abrió la puerta con sigilo y se ocultó en un hueco libre cerca de la entrada.
- Llegas tarde -le dijo el demonio vecino.
Umbralis lo observó con paciencia; después, con disimulo, hurgó de nuevo en sus bolsillos hasta que encontró un largo papel que parecía una detallada lista de nombres y características. No tuvo que avanzar mucho en su lectura; ya entre los primeros encontró a su compañero.
- He tenido problemas para encontrar el lugar -le explicó girándose hacia él amistosamente.
- ¿Otra vez? -se sorprendió su amigo-. No me explico cómo todavía puedes perderte después de tanto tiempo.
- Ya sabes... Mi memoria... -se disculpó brevemente.
Su compañero bajó la vista visiblemente azorado. Un silencio incómodo se interpuso entre los dos, hasta que un demonio algo canijo abrió la puerta de entrada y se colocó a su lado. Umbralis lo examinó rigurosamente, dudando durante unos momentos si lo encontraría entre los nombres de su lista. Pero no, estaba seguro; aquel demonio era nuevo en la asamblea. Sin embargo, su apariencia le evocaba tiempos perdidos; Umbralis percibió que, en algún momento o lugar, habían sido compañeros... Aunque no sabría decir a ciencia cierta de qué tipo.
Umbralis se removió ansioso en su silla, estaba deseando entablar conversación con aquel curioso personaje.
Al terminar la reunión, Umbralis le tendió su mano amigablemente, aunque sintió cierto recelo al recibir la mano del otro, y se presentó. El otro demonio no correspondió a su cortesía. Se limitó a exponer su ausencia en posteriores ocasiones.
- ¿En serio? -se limitó a contestar Umbralis algo distraído-. Es una lástima -por un momento, un recuerdo antiguo pareció resurgir desde el fondo de sus ojos-. ¿Estás seguro de que no te interesa? Las reuniones son más amenas de lo que aparentan; y, después, solemos mantener largas conversaciones sobre nuestros soberbios pasados. Aunque yo... -el recuerdo se marchitó y expiró bajo una niebla espesa-. Yo ya no recuerdo a qué me dedicaba.
Le supuso un gran trabajo pronunciar las últimas palabras. En realidad, a veces algún comentario especialmente irritante le evocaba mediante un escalofrío sus antiguas tareas, pero tan pronto como el escalofrío terminaba de recorrer su espalda, arrastraba esa sensación tras él. Algunos demonios veteranos pretendían saber quién fue, y aunque muchas veces había pretendido preguntarles, nunca recordaba su consulta cuando conversaba con ellos.
- Dime, ¿a qué te dedicas? ¿Cómo te llamas? -le preguntó recuperando el sentido de su conversación. Sin embargo, en lugar de la respuesta esperada, el demonio canijo se enfureció y de pronto pareció menos insignificante. Una chispa inquieta se removió en los ojos de Umbralis, que probó a realizar otro intento en busca de su identidad.
- Yo soy Egolis -le contestó con orgullo.
Por fin, Umbralis lo reconoció. Habían sido compañeros de trabajo, un equipo compenetrado y temido en cualquier lugar que visitaban; si bien sus ocupaciones, a simple vista, no parecían muy afines, quienes los habían sufrido reconocían a ambos como próximos. Sin embargo, no recordaba...
- Y bien, ¿a qué te dedicas? -quiso saber Umbralis. Por un momento, creyó que su voz había delatado su inquietud, pero Egolis no prestó mucha atención a su tono de voz; le bastó con comprobar su ignorancia. Comenzó a chillarle en medio de la sala, atónito por sus palabras. Umbralis trató de calmarle, todavía no había terminado de conversar con aquel soberbio demonio. Pero sólo logró estimular la furia de Egolis, que sacudió su mano apaciguadora con un golpe rudo.
Umbralis reconoció el escalofrío de su espalda. El manotazo de Egolis había sido más eficaz que una larga conversación, aunque todavía necesitaba otro pequeño zarandeo para avivar sus recuerdos latentes.
Sin embargo, un demonio amigo al que Umbralis no reconoció se interpuso entre los dos, atenuando sus pobres esperanzas. Egolis pronunció con orgullo su nombre y, tras clasificar al inmenso grupo de ignorante, salió por la puerta entre murmullos acobardados. “¡Qué insolente!”, decían algunos; otros, más precisos y acertados, afirmaban: “¡Qué engreído!”.
Al oír ese comentario, Umbralis comprendió. Muchos recuerdos volvieron a sus ojos, que se encendieron acercándose desde la distancia y pronto se convirtieron en llamas poderosas que expulsaron el oscuro vacío que antes colmaba sus cuencas.
“Egolis...”, saboreó; “sí, por supuesto...”. La inmensa alegría por recuperar sus memorias perdidas dio pronto paso a una furia ciega contra su antiguo compañero. Ni siquiera lo había reconocido.
Habían trabajado durante siglos. ¿O eran milenios? Eso no lo recordaba. Pero se acordaba bien de él, de sus eternas conversaciones sobre sí mismo, su vanidad y su falso compañerismo.
Umbralis sintió el peso de su propia impotencia al recordar cómo había llegado sin memoria, hacía 6 siglos, a la reunión de demonios. Entendió muchas sonrisas disimuladas que en aquellos momentos le habían parecido inexplicables. En realidad, Umbralis reconoció que tenía cierta gracia si lo considerabas un momento. Ironis hacía bien trabajo, nada se le podía reprochar.
No ocurría lo mismo con Egolis, sin embargo. Y ahora Umbralis recuperaría el tiempo perdido con aquel canijo arrogante.
Voló tras él como Sombra, evitando cualquier mirada curiosa. Lo alcanzó poco antes de que llegara a su despacho y, aunque hacía tiempo que no practicaba sus artes, le llevó poco tiempo envolverle en su manto invisible y extraviar sus escasas pertenencias. Lo persiguió hasta el que había sido el despacho de Egolis y se le escapó una sonrisa resignada al leer el nuevo rótulo de la entrada.
Escuchó complacido la incomprensión de Egolis sobre su nueva situación de demonio nómada y aún se alegró más cuando observó cómo llegaba hasta el despacho de Temptatius sin que éste lo percibiera. De pronto ambos desaparecieron; Umbralis los divisó con sus ojos llameantes y voló tras ellos. Llegó a tiempo para contemplar a Egolis introduciendo su cabeza entre las piernas de Temptatius y, sin poder contenerse, profirió una gran carcajada.
Cuando terminó, ambos se habían deslizado hasta un edificio cercano. Distinguió a los dos demonios en una esquina y percibió cómo Temptatius rescataba un Deseo de la cabeza de un ángel para depositarla entre sus pensamientos sencillos.
Umbralis dirigió una mirada de desprecio a los dos demonios. ¡Ingenuos!, pensó; cómo si eso fuera suficiente para derribar la integridad de un ángel. Sin embargo, consideró la situación unos instantes y, al fin, decidió ayudarles. Voló sobre el ángel, apartó a un lado el Deseo y dejó caer un pequeño manto invisible sobre los demás pensamientos.
Advirtió que los otros demonios ya habían marchado, pero resolvió no regresar al despacho de Temptatius. Egolis ya no era asunto suyo. Además, había recordado dónde se encontraba su propio despacho y debía volar pronto hacia él antes de perder otra vez la memoria de ese lugar.
Dentro le esperaba una mujer demonio. Sólo la había visto una vez en toda su existencia, pero era difícil no saber su nombre, aunque debía pronunciarse con prudencia si no se quería provocar su ira. Y su furia era la más difícil de de combatir.
- Has vuelto -le dijo con voz cantarina.
- Sí -confirmó Umbralis-. He vuelto.
- Te he esperado mucho tiempo -le recriminó la mujer. Umbralis permaneció en silencio, con los ojos ardiendo y los labios curvados en una ligera sonrisa-. Tienes mucho trabajo pendiente. Y supongo que sabrás que los ángeles se han declarado en huelga.
- Lo sé -respondió Umbralis-. Y descuida... No volveré a fracasar.
- Así lo espero -la demonio alzó los brazos y se envolvió con una inmensa y roja capa que se fundió en un humo con fragancia a rosas.
Umbralis se sentó en la butaca al frente de su escritorio. Recorrió su superficie con una mirada satisfecha y rozó con sus manos el tapete negro que lo cubría, después encendió la lámpara, que lució con insistencia y acarició los folios que reposaban a su lado. Tendría que adaptarse a los nuevos tiempos y utilizar esas máquinas que había visto en los despachos de Temptatius y de Ironis.
- Ordenadores -recordó complacido. De alguna forma, vinculó esa palabra con una idea que necesitaba escribir. Abrió los cajones, buscó en los armarios, vació estanterías. Por fin, encontró unos post-it en una papelera cercana a su despacho.
Volvió hasta su escritorio y se apresuró a escribir: “Demonio del Olvido”; después lo pegó en el interior del bolsillo superior izquierdo de su traje oscuro.
Ya está -declaró más tranquilo apoyando los pies sobre su escritorio-. Al menos de eso ya no me volveré a olvidar.